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Dona Luz

-XV-
Primera traza de un idilio matrimonial
Difícil es tener nada oculto en un pueblo pequeño. Todo se sabe enseguida, aun cuando
importe que no se sepa. La proyectada boda de D.Jaime y de doña Luz, que nada importaba que
se supiese, no es deextrañar, pues, que llegara al punto a noticia de todos en Villafría.
La detención de D. Jaime se atribuyó desde luego a su verdadero motivo,y nadie juzgó sino
pretexto lo de la compra del olivar.
Aquel caso de amor fulminante y sobre todo aquel tan improvisadoconsorcio, dieron
muchísimo que decir, comentar y murmurar.
En los lugares andaluces, nada hay que pasme tanto como una bodarepentina. Por allí todo
suele hacerse con mucha pausa. En parte algunaes menos aceptable el refrán inglés de que el
tiempo es dinero. Enparte alguna se emplea con más frecuencia y en la vida práctica la
frasecastiza y archi-española de hacer tiempo; esto es, de perderle, degastarle, sin que nos pese y
aburra su andar lento, infinito y callado.Pero donde más se extrema en Andalucía el hacer
tiempo es en losnoviazgos. Contribuye a esto, por un lado, la prudencia que,reconociendo lo
grave y trascendental del matrimonio, nos aconseja decontinuo: antes que te cases, mira lo que
haces. Y contribuye muchomás, por otro lado, que este mirar lo que se hace es
sumamentedivertido; es el mejor modo de matar o de hacer tiempo; es una grataocupación, que
se proporciona quien no tiene ninguna, y que no bien secasa se queda sin ella.
De aquí, sin duda, los interminables noviazgos de mi tierra, en loscuales además se dan los
más bellos ejemplos de firme constancia quepueden registrar las historias de amor. Noviazgos
hay que empiezancuando el novio está con el dómine aprendiendo latín, pasan a través delas
humanidades, de las leyes o de la medicina, y no terminan en bodahasta que el novio es juez de
primera instancia o médico titular.Durante todo este tiempo, los novios se escriben cuando están
ausentes;y cuando están en el mismo pueblo, se ven en misa por la mañana, sevuelven a ver dos
o tres veces más durante el día, suelen pelar la pavadurante la siesta, vuelven a verse por la tarde
en el paseo, van a lamisma tertulia desde las ocho a las once de la noche, y ya, después decenar,
reinciden en verse y en hablarse por la reja, y hay noches en quese quedan pelando la pava otra
vez, y mascando hierro, hasta quedespunta en Oriente la aurora de los dedos de rosa.
En comprobación de esto se cuenta de cierto novio antequerano, que alfin tuvo que casarse a
los ocho años de ser novio; y que, no bien secasó, se mostraba afligidísimo por no saber qué
hacer de su tiempo. Deotro novio, natural de Carcabuey, he oído yo también contar,
comotestimonio de lo arraigada que está la idea de que el matrimonio exigemucha calma antes
de llevarle a cabo, que su futura suegra, considerandoque su hija llevaba ya trece años de hablar
con aquel novio, sin quellegase él a pedirla, y que ella se iba ajando y marchitando un poco,
seresolvió a preguntar al novio qué intenciones traía. Y habiéndose armadode resolución y hecho
la pregunta, el novio contestó muy sorprendido yun sí es no es contrariado:—¡Válgame Dios,
señora! ¿Es esto puñalada depícaro?
 
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