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Dona Luz

—D. Jaime, por Dios, ¿qué quiere V. que yo le diga? Yo no sé si le amoa V.: pero si el
contento que me causa el creerme amada y el temor deperder esta creencia son síntomas de
amor, me parece que le amo.
Doña Luz se sonrojó como nunca al pronunciar tales palabras, y D. Jaimese levantó
mostrando en su semblante la gratitud y la alegría que laconfesión de doña Luz le causaba.
Después dijo:
—Deseche V. todo temor, y conserve la creencia de que la amaré siempre,y de que mi amor
hacia V. sólo puede compararse con el respeto y laprofunda admiración que V. merece.
Llegadas a ese punto las explicaciones, y yendo por camino tan llano,todo quedó tácitamente
concertado en aquella entrevista, que durópoquísimo.
Doña Luz estaba turbada y confusa, pero la majestad severa de su rostroy ademanes hubiera
contenido al amador más audaz.
Don Jaime se creyó amado, y ni siquiera con otro beso en la mano de doñaLuz se atrevió a
manifestar que amaba a su vez, y que estaba agradecido.
En suma, dado el modo de ser de doña Luz, y después de declarado deambas partes el amor,
no había trámite, ni coloquio tierno a solas, nidilación que valiera. Las bodas tenían que venir a
escape.
Doña Luz era harto vehemente para hablar con serenidad y con frialdad deotro cualquiera
asunto, y a solas, con el hombre a quien casi acababa dedecir: te amo; y era tan casta y tan pura,
que helaba todo deseo ymataba toda esperanza de obtener de ella la más inocente
anticipadacaricia o de adelantarse a hacerla sin exponerse a su enojo.
De aquí el grande embarazo en que se vieron doña Luz y su amante apenasse dijeron que se
querían. Doña Luz, sobre todo, no sabía qué hacer. Sesentía avergonzada de lo que había dicho,
quería huir de las miradas deaquel hombre, y no se resolvía a huir, temerosa de que su fuga
parecieseartificio o ridícula puerilidad impropia de una mujer de veintiochoaños.
Por fortuna, doña Manolita presintió por instinto aquella situacióndifícil, y libertó de ella
pronto a su amiga, presentándose otra vez enel saloncito.
Ya, más tarde, durante el almuerzo, en medio de los convidados, a lavista de D. Acisclo y del
P. Enrique, y después de haberse serenado yrepuesto de la primera emoción, doña Luz habló a
D. Jaime con reposo; lehalló dispuesto a todo, y como ella no tenía padre ni madre a
quienconsultar, ni él tampoco los tenía, ambos determinaron casarse sin ruidoni aparato, y lo más
pronto posible.
A fin de no dar parte en seguida, sin que nadie extrañase laprolongación de su estancia en
aquel lugar, D. Jaime dijo que se quedabauna semana más para ver si compraba el olivar que
tenía en tratos.
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