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Dona Luz

Padre. Seexaminaba el alma, se interrogaba el corazón, y como le respondían queno amaban al
Padre, volvía a creer que sólo su presunción podía hacerleimaginar que el Padre la amase a ella.
Lo único que, después de tantosrodeos, sacaba en claro doña Luz era que en aquella convivencia
eintimidad afectuosa y en aquellos coloquios tan sabios de ella con él,había algo de ocasionado a
perversas interpretaciones, algo de malgusto, algo de pedantesco y lugareño a la vez, que la
parecía cómico, ycuya ridiculez se atenuaba sólo pensando que su vida en un lugar nopodía
llevarla a menos necio extravío.
Doña Luz resolvió, pues, ser más cauta y menos expansiva en lo venidero,y no menudear
tanto las discusiones filosóficas y teológicas, y lasconfianzas y el trato con el venerable sobrino
del antiguo administradorde su casa.
«Si no hay—concluía ella—mutua y peligrosa inclinación en nuestrasalmas, pudiera
suponerse, y esto me ofendería, y si la hay, como lainclinación sería por todos estilos
abominable, conviene cortarla deraíz».
En cualquiera de ambos supuestos, reconoció doña Luz la necesidad decambiar de conducta;
la conveniencia, valiéndonos de una frase española,algo anticuada, pero gráfica, de poner su
descuido en reparo.
La llegada a Villafría del triunfante y flamante diputado D. JaimePimentel y Moncada
coincidió casi con esta prudentísima, aunque algotardía resolución.
Doña Luz, acompañada de su benigna amiga, estaba en una ventana baja,aguardando la
aparición de la pompa y del triunfo, que se anunciaba yapor el resonar de los tiros y de los vivas.
Don Jaime, cabalgando en medio de D. Acisclo y Pepe Güeto, precedido deuna turba de
muchachos y de hombres a pie, y seguido de buen golpe degente a caballo y aun de más gente
pedestre, se mostró al cabo a losojos de nuestra heroína.
La fama no había mentido. Era D. Jaime todo un galán caballero. Montabacon gracia y
firmeza. Aunque tenía cerca de cuarenta años, parecía queapenas tenía treinta. Su traje sencillo
dejaba ver, en los pormenorestodos, la elegancia y el buen gusto.
La cabalgata se paró a la puerta de D. Acisclo, y éste, seguido de suahijado y huésped, se halló
pronto en la sala, donde aguardaban doña Luzy doña Manolita.
—Aquí tiene V. a nuestro diputado el Sr. D. Jaime—dijo D. Acisclo,presentándole a doña
Luz—; y luego añadió, dirigiéndose a D. Jaime:
—La señorita doña Luz, hija del difunto marqués de Villafría.
El recuerdo lejano y confuso de la alta sociedad madrileña, que doña Luzno había hecho sino
entrever hacía más de doce años, la idea vaga de unmedio más culto y más aristocrático, las
formas y el ser soñados dedamas y galanes, sus usos, discreteos, aventuras y amoríos, tales
cualesella los había fantaseado o columbrado, sin llegarlos a ver ni a gozar,obligada, en la aurora
de su vida, a retirarse a un pueblo pequeño, todoacudió de súbito a la mente de doña Luz, al
mirar a D. Jaime Pimentel,al notar la soltura y naturalidad de sus distinguidos modales, y al oírsu
acento y las pocas y atinadas palabras que le dirigió, las cuales nipecaron de frías y secas, ni se
extremaron por lo galantes, sino que seencerraron dentro de los límites de la más respetuosa
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