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Dona Luz

detreinta años, me he abandonado, me he confiado con gusto, lo declarofrancamente, en la
amistad honrada de un siervo de Dios, probado en milfatigas, quebrantado por ellas, lleno de
ciencia y de virtud, no seconcibe esta amistad, no se explica este trato, sino por motivos viles
eimpuros. Y no son los rústicos del lugar, no son los que no me conocen,sino mi mejor amiga la
que me sospecha y me injuria.
La pobre doña Manolita se quedó aterrada: se compungió, y al cabo se lesaltaron las lágrimas.
—Pero, mujer—dijo—; no te enojes por amor de Dios. Yo, sin duda, mehe explicado mal. Yo
no digo que sea impuro el amor del Padre....
—¿Qué disparates son los tuyos?—interrumpió doña Luz—. ¿Qué extravíode ideas? ¿Qué
necias distinciones pretendes hacer? ¿Cómo cohonestar elamor de un fraile a una doncella
honrada? Tal amor es impuro siempre; esinfame; es sacrílego.
Viendo doña Manolita que no había manera de remediar su torpeza, yapuradísima de haber
irritado tanto a doña Luz, a quien quería de todocorazón, no pronunció una sola palabra más;
pero lloró y sollozó como sile hubiese sobrevenido la más cruel desgracia.
Entonces doña Luz, que tenía buen fondo, a pesar de su soberbia, sintióque había estado dura
y áspera en demasía, y pidió perdón a doñaManolita, besándola y poco menos que llorando
también.
Las dos amigas vinieron a quedar de resultas mucho más amigas que antes.Doña Luz se
convenció de que doña Manolita no había tenido intención dedeslustrar en lo más mínimo la
pureza de sus relaciones amistosas con elP. Enrique; y doña Manolita hizo por convencerse y
hasta se convenciópor el momento de que el P. Enrique, ni siquiera como Dante amó aBeatriz,
como Petrarca amó a Laura, o como don Quijote amó a Dulcinea,era capaz de amar a doña Luz;
porque, siendo él un fraile y ella unaseñorita muy bien educada y honestísima, tal amor, por
alambicado,espiritual e incorpóreo que fuese, tenía un no sé qué de indecorosamenteplebeyo y
de grotescamente pecaminoso que con la condición de su bella ysoberbia amiga se ajustaba muy
mal.
No bien acabadas de hacer las paces, llegó don Acisclo con Pepe Güeto,quienes no advirtieron
las huellas de la pasada tempestad. Cenaron loscuatro en amistosa compañía, y con buen apetito,
y se fueron luego adormir.
Al día siguiente se celebró con pompa y estruendo la entrada triunfal deD. Jaime en Villafría.
Cuantos tenían caballo, y no pocos que sólotenían mulo o burro, fueron de madrugada a recibirle
en la estación, conD. Acisclo al frente, y a eso de las once volvieron todos con eldiputado,
caballero éste en el hermoso caballo negro de doña Luz.
A las puertas del lugar salieron los muchachos y los hombres de a pie arecibir la lucida
cabalgata, y todos entraron por aquellas calles al sonde las campanas que se habían echado a
vuelo, entre vivas yaclamaciones, y atronando el aire a tiros de cuantas escopetas
estabanservibles en Villafría.
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