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Dona Luz

Doña Luz estuvo amabilísima con todos, y doña Manolita muy alegre ychistosa.
No eran éstas, sin embargo, las reuniones que agradaban a doña Luz y asu amiga, sino las
poco numerosas, familiares y frecuentes, donde ellasmismas incitaban a D. Anselmo para que
provocase y contradijese alPadre, obligándole así a hablar sobre puntos de religión o de filosofía.
En no pocas ocasiones, el P. Enrique había lucido, en sentir de susoyentes, una elocuencia
conmovedora; pero jamás produjo tan hondaimpresión en los ánimos como la noche del
Domingo de Resurrección.
Incitado D. Anselmo, después de otros menos importantes ataques, llegó adecir lo que sigue:
—Todo es hablar de caridad y devoción, pero, bien mirado, no se ve envosotros sino egoísmo.
No es la piedad, no es el amor a vuestrossemejantes quien os mueve, sino el anhelo de la
salvación propia y elmiedo del infierno.
—Alambicando de esa suerte—contestó el padre Enrique—, no hay amor,por desinteresado
que sea, cuya raíz no esté en el amor propio. Laspalabras mismas lo declaran. ¿Qué es la
compasión? No es más que ciertacualidad, en cuya virtud padece el alma cuando ve padecer a
otra como siella misma padeciera. Todo sacrificio, por consiguiente, que haga elalma compasiva,
ya del reposo, ya de la vida corporal, ya de lahacienda, será considerado como egoísmo. El alma
compasiva le hace paralibrarse de un padecimiento; para que el ajeno dolor no le duela
comopropio; para hallar para sí la paz y el bien que apetece. Todo acto defilantropía proviene de
compasión: luego proviene del amor propio; luegonace del egoísmo. Lo más que los filántropos
podréis decir en vuestroabono es que vuestro egoísmo es un egoísmo bien entendido, un
egoísmoprovechoso para todos.
—Ya lo ven ustedes, señores—replicó D. Anselmo—, el Padre, como nopuede ni sabe
defenderse, ataca; pero sus razones no tienen fuerzacontra mí. Yo no vacilo en concederle que la
virtud humana de lafilantropía proviene de la compasión y es por lo tanto egoísmo; pero
¿lavirtud divina de la caridad es menos egoísmo en su raíz y fundamento? Afin de no padecer
viendo padecer a otro, hago yo, por ejemplo, un actode filantropía: le hago para ponerme bien
conmigo: soy, pues, egoísta;pero el que hace una obra de caridad, por amor de Dios, para
ponersebien con Dios, de quien toda su dicha depende ¿se muestra acaso menosinteresado?
Todavía se me antoja que vale más el filántropo que elcaritativo, porque al cabo es más noble y
más bella la condición naturaldel alma descreída que siente como propias las penas extrañas, y
con elpropósito de libertarse de estas penas obra el bien, que la condiciónalgo sobrenatural del
alma creyente que obra el bien por temor decastigo o con esperanza de galardón y de premio; y
no ya por amor delser miserable a quien socorre y ampara, sino por amor del ser poderosode
quien todo lo espera.
—Censurar que el alma busque siempre su bien, dijo entonces el Padre,sería tan absurdo como
censurar que busquen los graves su centro. Ley esésta indefectible, donde no hay libertad, donde
no cabe ni mérito nidemérito. La voluntad va derecha a la beatitud, donde sólo puedeaquietarse,
como la piedra, desprendida de lo alto de la torre, cae sindetenerse hasta dar en el suelo; como la
bala, disparada por certerotirador, vuela a clavarse en el blanco. Lo importante, lo libre,
lomeritorio está en poner bien la mira, en buscar el supremo bien donde enrealidad reside. Una
vez señalado el bien, verdadero o engañoso, ¿quiénno va a él por acto tan voluntario como
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