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Dona Luz

andanzasdel P. Enrique: de modo que doña Luz le tenía por conocido y amigo,aunque hacía
cerca de veinte años que él faltaba del lugar y de Europa.
Todo este tiempo no le había vivido sólo en Manila. Había estado endiversas tierras de
gentiles, difundiendo la luz del Evangelio; habíapasado apenas creíbles trabajos; había arrostrado
graves peligros, y aunhabía estado dos veces a punto de alcanzar una muerte tan cruel
comogloriosa, no salvando la vida sino después de sufrir prolongadomartirio.
Referidas estas historias por D. Acisclo, fuerza es confesarlo,aparecían grotescas en los
pormenores. Por dicha, el P. Enrique escribíaa su tío tres o cuatro veces al año, y el tío se
deleitaba en que doñaLuz le leyese las cartas en alta voz. Así conoció doña Luz que el
P.Enrique, a más de ser valiente hasta el heroísmo, y entusiasta yfervoroso en todos sus actos y
misiones apostólicas, era sujeto de claroingenio y de singular discreción y prudencia.
Su constitución física distaba mucho de corresponder a sus bríosespirituales, y, aunque no
tenía aún cuarenta años, ya en sus últimascartas se quejaba dulcemente de lo quebrantado de su
salud, que leimpedía trabajar en empresas activas, y le estorbaba algo en susestudios.
La carta recién llegada era muy corta y traía fecha de Cádiz. Doña Luzleyó, y decía así:
«Mi querido tío: Mis males se agravaron hasta tal extremo en Manila, quelos médicos
decidieron que yo debía venir a Europa a pasar una largatemporada. Con los aires del país natal
aseguraban que me repondría. Miscompañeros me echaron de allí: hasta el mismo Sr. Arzobispo
me mandó queme viniese. No hubo, pues, más remedio. Salí de Manila y, a Diosgracias, hice
una dichosa navegación. Tres días ha que estoy en Cádiz,bastante más fuerte ya. Pasado mañana
salgo de aquí en el ferro-carrilpara esa villa. Expresiones cariñosas a los primos, primas, amigos
ydemás parientes, y a su huéspeda de V. la señorita doña Luz. Le quiere aV. mucho y desea
abrazarle, su afectísimo sobrino».
Tal era la causa del júbilo de D. Acisclo; iba a abrazar al sobrinosanto, iba a vivir con él, iba a
tener el gusto de lucirle en el lugar.
Doña Luz quiso en seguida mudarse a su casa y dejar su habitación encasa de D. Acisclo, para
que el padre habitase en ella.
Don Acisclo dijo:
—Nada de eso, hija mía. Tú por nada del mundo te vas de mi casa a vivirsola en aquel
caserón. Además, una mudanza tan precipitada sería untrastorno. Yo tengo mi plan, y, con tu
permiso, le hemos de llevar acabo. Enrique sé yo que gusta de la soledad para sus estudios
ymeditaciones. Permite que vaya a vivir en tu casa. En un momento learreglaremos allí
habitación conveniente. Tu casa está cerca. Iremos acuidarle si cae enfermo en cama, y cuando
no, vendrá él a almorzar, acomer y a charlar con nosotros todos los días.
Doña Luz insistió en irse a su casa; pero D. Acisclo siguió oponiéndose,y fue menester que
doña Luz cediera, ofreciendo gustosísima su casa paraque en ella viviese el Padre.
La estación del ferro-carril está a dos leguas muy largas de Villafría,y D. Acisclo dispuso que
saliesen todos los parientes y amigos a recibiral Padre con mucha pompa. En efecto, no quedó
vehículo de que no sedispusiese. Se emplearon tres calesas, una tartana, propiedad de D.Acisclo,
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