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Dona Luz

Para doña Luz pasaron entre tanto los meses, sin otra novedad que elcambio alternado y
regular de las estaciones. Pasó la primavera, pasó elverano, y llegó el mes de Octubre, estación
de la vendimia.
Algo muy importante tendría que decir D. Acisclo a doña Luz, cuando unamañana, estando ya
vendimiando, entró a verla y a hablarla no menosmatinalmente que doña Manolita había entrado
meses antes.
El correo llegaba a Villafría a altas horas de la noche y se repartía alamanecer.
Don Acisclo traía una carta ya abierta en la mano, y la agitaba convivas muestras de
satisfacción y de júbilo.
-VII-
El Padre Enrique
—¿Qué hay? ¿Qué dice esa carta? ¿Qué grata novedad contiene? D.Acisclo, ¿le ha caído a V.
la lotería?—preguntó doña Luz.
—Mejor que eso, hija, mejor que eso—contestó el interrogado—. Lee túmisma y entérate—y
entregó la carta a doña Luz.
Esta, antes de leer, conoció la letra y vio la firma que decía:«Enrique». Era de un sobrino, hijo
de una hermana que D. Acisclo habíatenido, el cual sobrino era fraile dominico, residente en
Filipinas.
Casi todos los que se hacen ricos niegan el acaso, la fortuna, el hado ola suerte: éstos les
parecen vanos nombres, detrás de los cualesprocuran ocultarse la pereza, el despilfarro, el
desorden y la tontería.De aquí que se tengan por las personas más prudentes, más razonables,más
ingeniosas y más sabias de la tierra. Y puede que les sobre razón.Yo no lo niego ni lo afirmo.
Digo sólo que D. Acisclo era así. Estabamuy contento de sí propio e imaginaba que no había
merecimiento mayorque el suyo. Toda otra gloria se le antojaba inferior y de menosquilates. Sin
embargo, una gloria con algo de sobrenatural y deultramundano, si no en los medios en el fin, y
adquirida por individuode su familia, no parecía a D. Acisclo de corto valer tampoco; y tal erala
gloria de su sobrino el P. Enrique; gloria que en cierto modo sereflejaba en él y en toda la
parentela. Era, casi a par de los dinerosadquiridos, timbre de nobleza para su casa.
Don Acisclo idolatraba, pues, al P. Enrique, y hablaba de él concomplaciente jactancia,
diciendo:
—Aquí servimos para todo; lo mismo para un fregado que para un barrido;yo quise ser
millonario y lo soy; a Enrique le dio por la santidad y aúnle hemos de ver en los altares—. Para
demostrarlo y hacer probable elcumplimiento de su vaticinio, D. Acisclo refería a menudo las
 
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