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Dona Luz

Pongo a un lado las mil y quinientas que cualquier agudo crítico puedesacar si se empeña en
elogiarme y lucirse, y me limito a la lección quese da, no ya sólo a los frailes, que al fin pocos
hay en España ahora,sino por extensión a todo caballero cortesano, viejo o algo machucho,que se
enamora con amor vicioso.
El desastrado caso del P. Enrique deberá servir de escarmiento y grabaren la mente del
cortesano viejo, como moraleja principal, aquellasadvertencias divinas con que el ilustre Micer
Pietro Bembo hermosea ycorona el libro de El cortesano.
Estas advertencias dicen en resumen que el cortesano «enderece su deseoa la hermosura sola,
y cuanto más pueda la contemple en ella mismasimple y pura, y dentro en la imaginación la
forme separada de todamateria, y formándola así la haga amiga y familiar de su alma, y allí
lagoce, y consigo la tenga días y noches en todo tiempo y lugar sin miedode jamás perdella,
acordándose siempre de que el cuerpo es cosa muydiferente de la hermosura, y que, no
solamente no la acrecienta, mas quele apoca su perdición. Desta manera será nuestro cortesano
viejo fuerade todas aquellas miserias y fatigas que suelen casi siempre sentir losmozos, y así no
sentirá celos, ni sospechas, ni desabrimientos, ni iras,ni desesperaciones, ni otras mil locuras
llenas de rabia, con las cualesmuchas veces llegan los enamorados locos a tanto desatino que aun
a símismos quitan la vida»: como sucedió al P. Enrique, volviendo a micuento. Al cual Padre le
hubiera estado mejor valerse de este amor comode escala para subir a más alto grado. Porque,
considerando laestrecheza de estar siempre ocupado en contemplar la hermosura de uncuerpo
solo, debió sentir deseo de ensancharse algo y de salir detérmino tan angosto, y para ello debió
también juntar en su mente muchashermosuras, y, reduciéndolas a una sola, formar aquella que
sobre todala naturaleza se extiende y derrama.
Sabido es, por último, que, por cima de este concepto universal de lahermosura, hay otra
excelsa, increada y de la que todas proceden. Si elamor llega a columbrarla, ¿de qué no se
olvida? Y entonces (y toda éstaes doctrina de micer Pietro Bembo), se abrasa el alma en aquella
llama,simbolizada y prefigurada en la enorme pira, donde se quemó Hércules,después de todos
sus trabajos, allá en la cumbre del monte Oeta, o seremonta y traspone en el ardiente carro, en
que Elías abandonó la tierray se fue volando a los cielos.
Yo, señora, con el peso de los años, que ya me molesta bastante, y conno pocas saludables
desilusiones, voy propendiendo, aunque pecador, asubir por este último camino. Y si bien en mis
novelas se notan aúnresabios y aficiones de hombre mundano, ya hay en ellas como señales
deque me llaman a sí otras voces muy distintas de las del mundo.
Con esto, acaso perderá en amenidad lo que escribo, pero ganará enutilidad. Ahora que está en
moda lo docente, dígame V. con franqueza simi novela no enseña algo cuando esto enseña.
Dele V., pues, su aprobación; acéptela y defiéndala ya que le pertenece;y créame su devoto
servidor y amigo,
JUAN VALERA.
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