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Dona Luz

Lo que más la entusiasmaba, deleitaba o conmovía, lo mismo era de hoyque de ayer, lo mismo
de un año más tarde que de un año más temprano: lavuelta de la primavera, un cielo lleno de
estrellas, la luz de la luna,el alba, el olor y la belleza de las flores, la música, los versos ycosas
así que son de siempre.
Hasta las relaciones amistosas de doña Luz con el médico, con el cura ycon D. Acisclo, eran
invariables: estaban siempre en el mismo ser, sincrecer ni menguar.
Sólo en las relaciones con doña Manolita hubo variación, aumentando laintensidad en el
afecto.
Partamos, pues, del instante en que crece y llega a su colmo estaamistad entre doña Luz y
doña Manolita.
Era una mañana de mayo. Ya hemos dicho que doña Luz madrugaba. Tambiénmadrugaba la
hija del médico. A las siete de la mañana vino a ver a suamiga, y penetró en su saloncito, donde
tenía entrada libre.
Si cualquier hombre del mundo, conocedor de la vida de Madrid o de otracapital de Europa, y
conocedor del modo de vivir de nuestros lugares deAndalucía, hubiera entrado allí, se hubiera
sorprendido agradablemente yhubiera dudado de lo que veían sus ojos.
El saloncito de doña Luz tenía todo el confort, toda la elegancia deun saloncito de una dama
madrileña de las más comm'il faut, a par deciertas singularidades poéticas del campo y de la
aldea.
Dos ventanas daban al huerto, donde se veían acacias, álamos negros,flores, árboles frutales,
también en flor entonces, y brillante verdura.Dentro del saloncito había asimismo plantas y
flores en vasos deporcelana. Una jaula grande encerraba multitud de pájaros que alegrabanla
estancia con sus trinos y gorjeos. Tenía doña Luz dos primorososescritorios antiguos, con
cajoncitos y columnitas, llenos deincrustaciones de marfil, ébano y nácar; cómodos sillones y
sofás; unachimenea francesa mejor construida que las otras que había en la casa;espejos, cuadros
bonitos y un armario lleno de libros lujosamenteencuadernados.
Sobre su mesa de escribir se parecía el mejor cuadro, o al menos el quedoña Luz estimaba
más. Figuraba varios atributos y emblemas de laPasión; clavos, corona de espinas, escalera, gallo
y lanza de Longinos;en el centro la cruz, y en torno de la cruz muchas flores lindamentepintadas.
No era, con todo, esta pintura lo que daba a los ojos de doñaLuz tanto precio a aquel objeto; era
lo que la pintura encubría. Setocaba un resorte, se apartaba la pintura que hemos descrito, como
sifuese una puerta, y dejábase ver otro cuadro de muy superior mérito; uncuadro horrible y bello
a la vez. Era la figura de Cristo, de mediocuerpo, de admirable beldad y de un trabajo
delicadísimo y prolijo. Lasbarbas y los cabellos se podían contar. La regularidad y noble
simetríade todas las facciones infundían amor y respeto; pero las angustias delpatíbulo, los
horrores de la agonía, los tormentos todos estabanmarcados en aquella cara flaca y macilenta, y
en aquel pecho y en aquelcostado herido por la lanza. Era un Cristo muerto: la hendidura
lívidadel clavo atravesaba su diestra que reposaba sobre el descarnado pecho;las llagas
enconadas de las espinas, vertiendo sangre aún, se veían ensus sienes; la boca entreabierta;
amoratados los labios; los párpadoscaídos, aunque no cerrados del todo, dejaban ver sus ojos
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