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Dona Luz

-V-
La amistad de doña Manolita
La vida de doña Luz era, no obstante, tan regular, tan monótona, tan sinaccidentes que
diferenciasen unos días de otros días, que habían pasadolos años, y en la memoria de ella eran
como sueño fugaz, donde todoestaba confundido.
Esto tiene para cualquiera el hechizo de la paz. Para doña Luz aún teníamayor hechizo.
Cuanto agitaba su mente con pensamientos, o su voluntad con deseos opasiones, era extraño al
mundo que la rodeaba: procedía de un mundoideal, donde no hay espacio ni tiempo. Así es que,
si bien doña Luz, nodistinguiéndose en esto de los demás mortales, no pensaba ni sentía todoa la
vez, como las causas de su pensar y de su sentir más hondo notenían punto señalado en nuestro
planeta, ni momento marcado en lacronología, los efectos se sustraían también a las leyes de la
sucesióny del lugar y parecía que se daban en una eternidad inmóvil.
Me pesará de no ser claro y trataré de explicarme con más llaneza,aunque peque de difuso.
Doña Luz no era una soñadora mística; distabainfinito de vivir en continuo arrobo; veía,
comprendía y apreciabacuanto ocurría en torno de ella en el mundo real; pero los lances
ysucesos de Villafría la interesaban menos, aunque los veía de cerca, quelos lances y sucesos que
las historias y novelas relataban, que lapoesía acertaba a presentarle o que ella misma fantaseaba
en ocasiones.No tenía tampoco doña Luz un corazón de cal y canto, sino un corazón
muycompasivo y afectuoso; se dolía de los males y desgracias del prójimo,procuraba
remediarlos, los consolaba a veces, y en esto consumía partede su actividad. Pero como su
actividad era grande, y se dilataba muymás allá de los límites de Villafría y aun se prolongaba de
un modoinfinito, venía a resultar que lo más íntimo y esencial de su vida, loque más la afectaba
no estaba en Villafría, y, por consiguiente, noestaba en ninguna parte. Por esto, sin ser ella
soñadora, vivía comosoñando.
Por mucho que anhelemos ponderar la ternura de alguien, no iremos hastaafirmar que se
marcan las más importantes épocas de su existencia por eldía en que murió de viruelas el hijo del
vecino de enfrente, o por lanoche en que se prendió fuego el cortijo del labrador con quien se
haconversado alguna vez al ir de paseo o al salir de la iglesia. Paramarcar dichas épocas, son
necesarios casos que toquen más íntimamente anuestro propio ser. Para doña Luz no había época
de este orden desde lamuerte de su padre. Verdad es que, muy al contrario de la generalidad
delas mujeres, daba ella poco valer a multitud de cosas con que otrasllenan la memoria, sin
descuidar ni borrar los pormenores al parecer másinsignificantes.
En nada, en mi sentir, se señala más que en esto el espíritu femenino.Yo confieso que me
quedo embobado oyendo referir a las mujeres sucesos,lances o conversaciones. No hay
menudencia que echen en olvido. Y dijoéste... y relatan todo lo que dijo. Y contestó el otro... y
no olvidanpalabra de lo que contestó. Y luego replicó el de más allá... y tampocose queda
traspapelada una letra sola de la réplica. Imagina el oyenteque levantan acta circunstanciada y
fiel de cuanto presencian y oyen. Noasí doña Luz. Doña Luz hacía caso de muy pocos sucesos.
 
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