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Dona Luz

cierta moralalambicada, que don Acisclo no podía conocer, acaso hubiera salvado losintereses
del marqués, acaso hubiera hecho durar otros cuantos años másel esplendor de la casa; pero
pedir esto por aquellos lugares era pedircotufas en el golfo. Bastaba, pues, a doña Luz, para estar
profundamenteagradecida a D. Acisclo, la firme persuasión que abrigaba, de que conotro
cualquier administrador de por allí, la ruina de su padre hubierasido diez años más pronto, y ella
no se hubiera criado como una damaelegante, en el seno del bienestar, con aya inglesa, y con
todos loscuidados debidos. Sabe Dios cómo se hubiera criado y lo que hubiera sidode ella si el
marqués se arruina y muere de berrenchín, dejándolahuérfana de edad de cinco años y no de
quince.
Doña Luz gustaba además de D. Acisclo. Simpatizaba con su actividad, consu amor al trabajo
y con otras virtudes que en él resplandecían.
Por el buen parecer, doña Luz había vivido, sin el menor conato de irsea su casa, en la casa de
don Acisclo, hasta que cumplió veintidós años.Desde entonces en adelante, intentó varias veces
irse a vivir sola a sucasa; pero D. Acisclo la retenía suave y cariñosamente. Dábale aentender
que sería una tristeza quedar solo, después de haberseacostumbrado a su compañía, y apelaba
también, algo grotescamente, a quédirán, sosteniendo que doña Luz era muchacha y que no
debía campar porsus respetos como vieja solterona, que buena y severa que fuese, sivivía sola,
habían de decir que era una vaca sin cencerro.
Doña Luz, lejos de ofenderse, se reía de esta comparación poco galante,y seguía viviendo en
la casa del antiguo administrador.
Por otra parte, la independencia de doña Luz era perfecta.
Tres o cuatro cuartos le pertenecían exclusivamente en la casa, yestaban amueblados con el
gusto más primoroso. En ellos no entraban dediario sino los cuatro amigos íntimos ya referidos:
Juana la criada; unade las de cuerpo de casa, que hacía la limpieza bajo la inspección deJuana, a
fin de que no rompiese algún objeto de arte o mueble delicado;y, por último, otros tres seres, que
eran también semi—íntimos de doñaLuz, y que completaban o cerraban su círculo familiar. Eran
estos tresseres Tomás el criado antiguo, y ya su escudero y acompañante, cuandoella salía a
caballo; el tío Blas, aperador de la señorita, con quien seentendía para cuidar sus bienes, que ella
misma administraba y que ibanmejorando hasta el punto de que le producían cerca de 20.000 rs.
enalgunos años de buena cosecha; y el galgo Palomo, blanco, gigantesco ensu clase, y de terrible
genio para quien se le antojaba a él quemolestaba u ofendía a su ama, con la cual era todo
blandura, docilidad ymansedumbre.
A más de esta sociedad cotidiana, no se negaba doña Luz a asistir aotras de más ancha base.
Los hijos, hijas, nueras y yernos de D.Acisclo, con crecida y numerosa prole, sus consuegros y
consuegras,compadres y comadres, formaban una caterva con quien era menesteralternar. Todos
ellos eran insignificantes y poco divertidos; no eran nimalos ni buenos, y doña Luz hacía
milagros de diplomacia para notratarlos mucho y no enojarlos tampoco.
En los días de cumpleaños y del santo de cada individuo de la familia deD. Acisclo, había
comida patriarcal en la casa, y mucho jaleo de baile.Doña Luz no se excusaba de asistir a tales
funciones, y casi siempreacertaba a dejar prendados a todos de su amabilidad y alegría.
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