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Don Quijote

— Y muy honrada —respondió el ventero.
— Engañado he vivido hasta aquí —respondió don Quijote—, que en verdad quepensé que era
castillo, y no malo; pero, pues es ansí que no es castillosino venta, lo que se podrá hacer por
agora es que perdonéis por la paga,que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros
andantes, de loscuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, quejamás
pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se lesdebe de fuero y de derecho
cualquier buen acogimiento que se les hiciere,en pago del insufrible trabajo que padecen
buscando las aventuras de nochey de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y
con hambre,con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todoslos
incómodos de la tierra.
— Poco tengo yo que ver en eso —respondió el ventero—; págueseme lo que seme debe, y
dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuentacon otra cosa que con cobrar mi
hacienda.
— Vos sois un sandio y mal hostalero —respondió don Quijote.
Y, poniendo piernas al Rocinante y terciando su lanzón, se salió de laventa sin que nadie le
detuviese, y él, sin mirar si le seguía su escudero,se alongó un buen trecho.
El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió a cobrar de SanchoPanza, el cual dijo que,
pues su señor no había querido pagar, que tampocoél pagaría; porque, siendo él escudero de
caballero andante, como era, lamesma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar
cosa algunaen los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero, y amenazóle quesi no
le pagaba, que lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sanchorespondió que, por la ley de
caballería que su amo había recebido, nopagaría un solo cornado, aunque le costase la vida;
porque no había deperder por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni sehabían
de quejar dél los escuderos de los tales que estaban por venir almundo, reprochándole el
quebrantamiento de tan justo fuero.
Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que, entre la gente que estabaen la venta, se hallasen
cuatro perailes de Segovia, tres agujeros delPotro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de
Sevilla, gente alegre, bienintencionada, maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados
ymovidos de un mesmo espíritu, se llegaron a Sancho, y, apeándole del asno,uno dellos entró por
la manta de la cama del huésped, y, echándole en ella,alzaron los ojos y vieron que el techo era
algo más bajo de lo que habíanmenester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenía
porlímite el cielo. Y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron alevantarle en alto y a
holgarse con él como con perro por carnestolendas.Las voces que el mísero manteado daba
fueron tantas, que llegaron a losoídos de su amo; el cual, determinándose a escuchar
atentamente, creyó quealguna nueva aventura le venía, hasta que claramente conoció que el
quegritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un penado galopellegó a la venta, y,
hallándola cerrada, la rodeó por ver si hallaba pordonde entrar; pero no hubo llegado a las
paredes del corral, que no eranmuy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía a su escudero.
Violebajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza que, si la cólera ledejara, tengo para mí
que se riera. Probó a subir desde el caballo a lasbardas, pero estaba tan molido y quebrantado
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