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Don Quijote

— No fueron golpes —dijo Sancho—, sino que la peña tenía muchos picos ytropezones.
Y que cada uno había hecho su cardenal. Y también le dijo:
— Haga vuestra merced, señora, de manera que queden algunas estopas, que nofaltará quien las
haya menester; que también me duelen a mí un poco loslomos.
— Desa manera —respondió la ventera—, también debistes vos de caer.
— No caí —dijo Sancho Panza—, sino que del sobresalto que tomé de ver caer ami amo, de tal
manera me duele a mí el cuerpo que me parece que me han dadomil palos.
— Bien podrá ser eso —dijo la doncella—; que a mí me ha acontecido muchasveces soñar que
caía de una torre abajo y que nunca acababa de llegar alsuelo, y, cuando despertaba del sueño,
hallarme tan molida y quebrantadacomo si verdaderamente hubiera caído.
— Ahí está el toque, señora —respondió Sancho Panza—: que yo, sin soñarnada, sino estando
más despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menoscardenales que mi señor don Quijote.
— ¿Cómo se llama este caballero? —preguntó la asturiana Maritornes.
— Don Quijote de la Mancha —respondió Sancho Panza—, y es caballeroaventurero, y de los
mejores y más fuertes que de luengos tiempos acá sehan visto en el mundo.
— ¿Qué es caballero aventurero? —replicó la moza.
— ¿Tan nueva sois en el mundo que no lo sabéis vos? —respondió SanchoPanza—. Pues sabed,
hermana mía, que caballero aventurero es una cosa queen dos palabras se ve apaleado y
emperador. Hoy está la más desdichadacriatura del mundo y la más menesterosa, y mañana
tendría dos o trescoronas de reinos que dar a su escudero.
— Pues, ¿cómo vos, siéndolo deste tan buen señor —dijo la ventera—, notenéis, a lo que parece,
siquiera algún condado?
— Aún es temprano —respondió Sancho—, porque no ha sino un mes que andamosbuscando las
aventuras, y hasta ahora no hemos topado con ninguna que losea. Y tal vez hay que se busca una
cosa y se halla otra. Verdad es que, simi señor don Quijote sana desta herida o caída y yo no
quedo contrechodella, no trocaría mis esperanzas con el mejor título de España.
Todas estas pláticas estaba escuchando, muy atento, don Quijote, y,sentándose en el lecho como
pudo, tomando de la mano a la ventera, le dijo:
— Creedme, fermosa señora, que os podéis llamar venturosa por haber alojadoen este vuestro
castillo a mi persona, que es tal, que si yo no la alabo,es por lo que suele decirse que la alabanza
propria envilece; pero miescudero os dirá quién soy. Sólo os digo que tendré eternamente escrito
enmi memoria el servicio que me habedes fecho, para agradecéroslo mientras lavida me durare;
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