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Don Quijote

muy bien en la cuenta: basta que él estuvo allí haciendopenitencia, por no sé qué sinsabor que le
hizo la señora Oriana. Perodejemos ya esto, Sancho, y acaba, antes que suceda otra desgracia
aljumento, como a Rocinante.
— Aun ahí sería el diablo —dijo Sancho.
Y, despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte pésetesy reniegos de quien allí
le había traído, se levantó, quedándose agobiadoen la mitad del camino, como arco turquesco,
sin poder acabar deenderezarse; y con todo este trabajo aparejó su asno, que también
habíaandado algo destraído con la demasiada libertad de aquel día. Levantó luegoa Rocinante, el
cual, si tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro queSancho ni su amo no le fueran en
zaga.
En resolución, Sancho acomodó a don Quijote sobre el asno y puso de reata aRocinante; y,
llevando al asno de cabestro, se encaminó, poco más a menos,hacia donde le pareció que podía
estar el camino real. Y la suerte, que suscosas de bien en mejor iba guiando, aún no hubo andado
una pequeña legua,cuando le deparó el camino, en el cual descubrió una venta que, a pesarsuyo y
gusto de don Quijote, había de ser castillo. Porfiaba Sancho que eraventa, y su amo que no, sino
castillo; y tanto duró la porfía, que tuvieronlugar, sin acabarla, de llegar a ella, en la cual Sancho
se entró, sin másaveriguación, con toda su recua.
Capítulo XVI. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que
élimaginaba ser castillo
El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, preguntó a Sanchoqué mal traía. Sancho
le respondió que no era nada, sino que había dado unacaída de una peña abajo, y que venía algo
brumadas las costillas. Tenía elventero por mujer a una, no de la condición que suelen tener las
desemejante trato, porque naturalmente era caritativa y se dolía de lascalamidades de sus
prójimos; y así, acudió luego a curar a don Quijote yhizo que una hija suya, doncella, muchacha
y de muy buen parecer, laayudase a curar a su huésped. Servía en la venta, asimesmo, una
mozaasturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuertay del otro no muy
sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía lasdemás faltas: no tenía siete palmos de los
pies a la cabeza, y lasespaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de loque
ella quisiera. Esta gentil moza, pues, ayudó a la doncella, y las doshicieron una muy mala cama a
don Quijote en un camaranchón que, en otrostiempos, daba manifiestos indicios que había
servido de pajar muchos años.En la cual también alojaba un arriero, que tenía su cama hecha un
poco másallá de la de nuestro don Quijote. Y, aunque era de las enjalmas y mantasde sus
machos, hacía mucha ventaja a la de don Quijote, que sólo conteníacuatro mal lisas tablas, sobre
dos no muy iguales bancos, y un colchón queen lo sutil parecía colcha, lleno de bodoques, que, a
no mostrar que erande lana por algunas roturas, al tiento, en la dureza, semejaban deguijarro, y
dos sábanas hechas de cuero de adarga, y una frazada, cuyoshilos, si se quisieran contar, no se
perdiera uno solo de la cuenta.En esta maldita cama se acostó don Quijote, y luego la ventera y
su hija leemplastaron de arriba abajo, alumbrándoles Maritornes, que así se llamabala asturiana;
y, como al bizmalle viese la ventera tan acardenalado apartes a don Quijote, dijo que aquello más
parecían golpes que caída.
 
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