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Don Quijote

— No me dieron a mí lugar —respondió Sancho— a que mirase en tanto; porque,apenas puse
mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con suspinos, de manera que me quitaron
la vista de los ojos y la fuerza de lospies, dando conmigo adonde ahora yago, y adonde no me da
pena alguna elpensar si fue afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor delos golpes,
que me han de quedar tan impresos en la memoria como en lasespaldas.
— Con todo eso, te hago saber, hermano Panza —replicó don Quijote—, que nohay memoria a
quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma.
— Pues, ¿qué mayor desdicha puede ser —replicó Panza— de aquella que aguardaal tiempo que
la consuma y a la muerte que la acabe? Si esta nuestradesgracia fuera de aquellas que con un par
de bizmas se curan, aun no tanmalo; pero voy viendo que no han de bastar todos los emplastos
de unhospital para ponerlas en buen término siquiera.
— Déjate deso y saca fuerzas de flaqueza, Sancho —respondió don Quijote—,que así haré yo, y
veamos cómo está Rocinante; que, a lo que me parece, nole ha cabido al pobre la menor parte
desta desgracia.
— No hay de qué maravillarse deso —respondió Sancho—, siendo él tan buencaballero andante;
de lo que yo me maravillo es de que mi jumento hayaquedado libre y sin costas donde nosotros
salimos sin costillas.
— Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para darremedio a ellas —dijo
don Quijote—. Dígolo porque esa bestezuela podrásuplir ahora la falta de Rocinante, llevándome
a mí desde aquí a algúncastillo donde sea curado de mis feridas. Y más, que no tendré a
deshonrala tal caballería, porque me acuerdo haber leído que aquel buen viejoSileno, ayo y
pedagogo del alegre dios de la risa, cuando entró en laciudad de las cien puertas iba, muy a su
placer, caballero sobre un muyhermoso asno.
— Verdad será que él debía de ir caballero, como vuestra merced dice— respondió Sancho—,
pero hay grande diferencia del ir caballero al iratravesado como costal de basura.
A lo cual respondió don Quijote:
— Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan.Así que, Panza amigo,
no me repliques más, sino, como ya te he dicho,levántate lo mejor que pudieres y ponme de la
manera que más te agradareencima de tu jumento, y vamos de aquí antes que la noche venga y
nos salteeen este despoblado.
— Pues yo he oído decir a vuestra merced —dijo Panza— que es muy decaballeros andantes el
dormir en los páramos y desiertos lo más del año, yque lo tienen a mucha ventura.
— Eso es —dijo don Quijote— cuando no pueden más, o cuando están enamorados;y es tan
verdad esto, que ha habido caballero que se ha estado sobre unapeña, al sol y a la sombra, y a las
inclemencias del cielo, dos años, sinque lo supiese su señora. Y uno déstos fue Amadís, cuando,
llamándoseBeltenebros, se alojó en la Peña Pobre, ni sé si ocho años o ocho meses,que no estoy
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