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Don Quijote

sepultura, y todos los demás que allíhabía, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de
los que almuerto trujeron dijo a otro:
— Mirá bien, Ambrosio, si es éste el lugar que Grisóstomo dijo, ya quequeréis que tan
puntualmente se cumpla lo que dejó mandado en sutestamento.
— Éste es —respondió Ambrosio—; que muchas veces en él me contó midesdichado amigo la
historia de su desventura. Allí me dijo él que vio lavez primera a aquella enemiga mortal del
linaje humano, y allí fue tambiéndonde la primera vez le declaró su pensamiento, tan honesto
como enamorado,y allí fue la última vez donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar,de
suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida. Y aquí, enmemoria de tantas desdichas,
quiso él que le depositasen en las entrañasdel eterno olvido.
Y, volviéndose a don Quijote y a los caminantes, prosiguió diciendo:
— Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis mirando, fue depositariode un alma en
quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. Ése es elcuerpo de Grisóstomo, que fue único
en el ingenio, solo en la cortesía,estremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa,
grave sinpresunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es serbueno, y sin
segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fueaborrecido; adoró, fue desdeñado;
rogó a una fiera, importunó a un mármol,corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la
ingratitud, dequien alcanzó por premio ser despojos de la muerte en la mitad de lacarrera de su
vida, a la cual dio fin una pastora a quien él procurabaeternizar para que viviera en la memoria
de las gentes, cual lo pudieranmostrar bien esos papeles que estáis mirando, si él no me hubiera
mandadoque los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra.— De mayor
rigor y crueldad usaréis vos con ellos —dijo Vivaldo— que sumesmo dueño, pues no es justo ni
acertado que se cumpla la voluntad dequien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso. Y
no le tuvierabueno Augusto César si consintiera que se pusiera en ejecución lo que eldivino
Mantuano dejó en su testamento mandado. Ansí que, señor Ambrosio, yaque deis el cuerpo de
vuestro amigo a la tierra, no queráis dar susescritos al olvido; que si él ordenó como agraviado,
no es bien que voscumpláis como indiscreto. Antes haced, dando la vida a estos papeles, quela
tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo, en lostiempos que están por
venir, a los vivientes, para que se aparten y huyande caer en semejantes despeñaderos; que ya sé
yo, y los que aquí venimos,la historia deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos
laamistad vuestra, y la ocasión de su muerte, y lo que dejó mandado al acabarde la vida; de la
cual lamentable historia se puede sacar cuánto haya sidola crueldad de Marcela, el amor de
Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra,con el paradero que tienen los que a rienda suelta corren
por la senda queel desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la muertede
Grisóstomo, y que en este lugar había de ser enterrado; y así, decuriosidad y de lástima, dejamos
nuestro derecho viaje, y acordamos devenir a ver con los ojos lo que tanto nos había lastimado
en oíllo. Y, enpago desta lástima y del deseo que en nosotros nació de remedialla sipudiéramos,
te rogamos, ¡oh discreto Ambrosio! (a lo menos, yo te losuplico de mi parte), que, dejando de
abrasar estos papeles, me dejesllevar algunos dellos.
Y, sin aguardar que el pastor respondiese, alargó la mano y tomó algunos delos que más cerca
estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:
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