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Don Quijote

— Alto, pues; sea ansí —dijo Sancho—, y a Dios prazga que nos suceda bien, yque se llegue ya
el tiempo de ganar esta ínsula que tan cara me cuesta, ymuérame yo luego.
— Ya te he dicho, Sancho, que no te dé eso cuidado alguno; que, cuandofaltare ínsula, ahí está el
reino de Dinamarca o el de Soliadisa, que tevendrán como anillo al dedo; y más, que, por ser en
tierra firme, te debesmás alegrar. Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en
esasalforjas que comamos, porque vamos luego en busca de algún castillo dondealojemos esta
noche y hagamos el bálsamo que te he dicho; porque yo te votoa Dios que me va doliendo
mucho la oreja.
— Aquí trayo una cebolla, y un poco de queso y no sé cuántos mendrugos depan —dijo
Sancho—, pero no son manjares que pertenecen a tan valientecaballero como vuestra merced.
— ¡Qué mal lo entiendes! —respondió don Quijote—. Hágote saber, Sancho, quees honra de los
caballeros andantes no comer en un mes; y, ya que coman,sea de aquello que hallaren más a
mano; y esto se te hiciera cierto sihubieras leído tantas historias como yo; que, aunque han sido
muchas, entodas ellas no he hallado hecha relación de que los caballeros andantescomiesen, si no
era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacían,y los demás días se los pasaban en
flores. Y, aunque se deja entender queno podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros
menesteres naturales,porque, en efeto, eran hombres como nosotros, hase de entender también
que,andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sincocinero, que su
más ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales comolas que tú ahora me ofreces. Así que,
Sancho amigo, no te congoje lo que amí me da gusto. Ni querrás tú hacer mundo nuevo, ni sacar
la caballeríaandante de sus quicios.
— Perdóneme vuestra merced —dijo Sancho—; que, como yo no sé leer niescrebir, como otra
vez he dicho, no sé ni he caído en las reglas de laprofesión caballeresca; y, de aquí adelante, yo
proveeré las alforjas detodo género de fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para
mílas proveeré, pues no lo soy, de otras cosas volátiles y de más sustancia.
— No digo yo, Sancho —replicó don Quijote—, que sea forzoso a los caballerosandantes no
comer otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su másordinario sustento debía de ser dellas,
y de algunas yerbas que hallabanpor los campos, que ellos conocían y yo también conozco.
— Virtud es —respondió Sancho— conocer esas yerbas; que, según yo me voyimaginando,
algún día será menester usar de ese conocimiento.
Y, sacando, en esto, lo que dijo que traía, comieron los dos en buena paz ycompaña. Pero,
deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron conmucha brevedad su pobre y seca
comida. Subieron luego a caballo, y diéronsepriesa por llegar a poblado antes que anocheciese;
pero faltóles el sol, yla esperanza de alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de
unoscabreros, y así, determinaron de pasarla allí; que cuanto fue de pesadumbrepara Sancho no
llegar a poblado, fue de contento para su amo dormirla alcielo descubierto, por parecerle que
cada vez que esto le sucedía era hacerun acto posesivo que facilitaba la prueba de su caballería.
Capítulo XI. De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros
 
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