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Don Quijote

estaba.Seguíale Sancho a todo el trote de su jumento, pero caminaba tantoRocinante que,
viéndose quedar atrás, le fue forzoso dar voces a su amo quese aguardase. Hízolo así don
Quijote, teniendo las riendas a Rocinantehasta que llegase su cansado escudero, el cual, en
llegando, le dijo:
— Paréceme, señor, que sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia; que,según quedó
maltrecho aquel con quien os combatistes, no será mucho que dennoticia del caso a la Santa
Hermandad y nos prendan; y a fe que si lohacen, que primero que salgamos de la cárcel que nos
ha de sudar el hopo.
— Calla —dijo don Quijote—. Y ¿dónde has visto tú, o leído jamás, quecaballero andante haya
sido puesto ante la justicia, por más homicidios quehubiese cometido?
— Yo no sé nada de omecillos —respondió Sancho—, ni en mi vida le caté aninguno; sólo sé
que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean enel campo, y en esotro no me
entremeto.
— Pues no tengas pena, amigo —respondió don Quijote—, que yo te sacaré delas manos de los
caldeos, cuanto más de las de la Hermandad. Pero dime, portu vida: ¿has visto más valeroso
caballero que yo en todo lo descubierto dela tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya
tenido más bríoen acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni másmaña
en el derribar?
— La verdad sea —respondió Sancho— que yo no he leído ninguna historiajamás, porque ni sé
leer ni escrebir; mas lo que osaré apostar es que másatrevido amo que vuestra merced yo no le he
servido en todos los días de mivida, y quiera Dios que estos atrevimientos no se paguen donde
tengodicho. Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va muchasangre de esa
oreja; que aquí traigo hilas y un poco de ungüento blanco enlas alforjas.
— Todo eso fuera bien escusado —respondió don Quijote— si a mí se meacordara de hacer una
redoma del bálsamo de Fierabrás, que con sola unagota se ahorraran tiempo y medicinas.
— ¿Qué redoma y qué bálsamo es ése? —dijo Sancho Panza.
— Es un bálsamo —respondió don Quijote— de quien tengo la receta en lamemoria, con el cual
no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensarmorir de ferida alguna. Y ansí, cuando yo le
haga y te le dé, no tienes másque hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han
partido pormedio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la partedel
cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sotileza, antes quela sangre se yele, la
pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla,advirtiendo de encajallo igualmente y al justo;
luego me darás a bebersolos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano
queuna manzana.
— Si eso hay —dijo Panza—, yo renuncio desde aquí el gobierno de laprometida ínsula, y no
quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenosservicios, sino que vuestra merced me dé la
receta de ese estremado licor;que para mí tengo que valdrá la onza adondequiera más de a dos
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