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Don Quijote

— ¿Quién duda de eso? —dijo la sobrina—. Pero, ¿quién le mete a vuestramerced, señor tío, en
esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico ensu casa y no irse por el mundo a buscar pan
de trastrigo, sin considerarque muchos van por lana y vuelven tresquilados?
— ¡Oh sobrina mía —respondió don Quijote—, y cuán mal que estás en lacuenta! Primero que a
mí me tresquilen, tendré peladas y quitadas lasbarbas a cuantos imaginaren tocarme en la punta
de un solo cabello.
No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se le encendía lacólera.
Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, sin darmuestras de querer
segundar sus primeros devaneos, en los cuales días pasógraciosísimos cuentos con sus dos
compadres el cura y el barbero, sobre queél decía que la cosa de que más necesidad tenía el
mundo era de caballerosandantes y de que en él se resucitase la caballería andantesca. El
curaalgunas veces le contradecía y otras concedía, porque si no guardaba esteartificio, no había
poder averiguarse con él.
En este tiempo, solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre debien —si es que este
título se puede dar al que es pobre—, pero de muy pocasal en la mollera. En resolución, tanto le
dijo, tanto le persuadió yprometió, que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle
deescudero. Decíale, entre otras cosas, don Quijote que se dispusiese a ircon él de buena gana,
porque tal vez le podía suceder aventura que ganase,en quítame allá esas pajas, alguna ínsula, y
le dejase a él por gobernadordella. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se
llamabael labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino.
Dio luego don Quijote orden en buscar dineros; y, vendiendo una cosa yempeñando otra, y
malbaratándolas todas, llegó una razonable cantidad.Acomodóse asimesmo de una rodela, que
pidió prestada a un su amigo, y,pertrechando su rota celada lo mejor que pudo, avisó a su
escudero Sanchodel día y la hora que pensaba ponerse en camino, para que él se acomodasede lo
que viese que más le era menester. Sobre todo le encargó que llevasealforjas; e dijo que sí
llevaría, y que ansimesmo pensaba llevar un asnoque tenía muy bueno, porque él no estaba
duecho a andar mucho a pie. En lodel asno reparó un poco don Quijote, imaginando si se le
acordaba si algúncaballero andante había traído escudero caballero asnalmente, pero nunca
levino alguno a la memoria; mas, con todo esto, determinó que le llevase, conpresupuesto de
acomodarle de más honrada caballería en habiendo ocasiónpara ello, quitándole el caballo al
primer descortés caballero que topase.Proveyóse de camisas y de las demás cosas que él pudo,
conforme al consejoque el ventero le había dado; todo lo cual hecho y cumplido, sin
despedirsePanza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una nochese salieron
del lugar sin que persona los viese; en la cual caminarontanto, que al amanecer se tuvieron por
seguros de que no los hallaríanaunque los buscasen.
Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y subota, y con mucho
deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo lehabía prometido. Acertó don Quijote a
tomar la misma derrota y camino queel que él había tomado en su primer viaje, que fue por el
campo de Montiel,por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque,
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