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Don Quijote

— Sepa, señor maese Nicolás —que éste era el nombre del barbero—, que muchasveces le
aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmadoslibros de desventuras dos días con
sus noches, al cabo de los cuales,arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada y
andaba acuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, decía que habíamuerto a
cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba delcansancio decía que era sangre de
las feridas que había recebido en labatalla; y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba
sano ysosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que lehabía traído el
sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo metengo la culpa de todo, que no
avisé a vuestras mercedes de los disparatesde mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar
a lo que hallegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, quebien
merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.
— Esto digo yo también —dijo el cura—, y a fee que no se pase el día demañana sin que dellos
no se haga acto público y sean condenados al fuego,porque no den ocasión a quien los leyere de
hacer lo que mi buen amigo debede haber hecho.
Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó deentender el labrador la
enfermedad de su vecino; y así, comenzó a decir avoces:
— Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua,que viene
malferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo elvaleroso Rodrigo de Narváez, alcaide
de Antequera.
A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, lasotras a su amo y tío,
que aún no se había apeado del jumento, porque nopodía, corrieron a abrazarle. Él dijo:
— Ténganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme ami lecho y
llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y catede mis feridas.
— ¡Mirá, en hora maza —dijo a este punto el ama—, si me decía a mí bien micorazón del pie
que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora,que, sin que venga esa Hurgada, le
sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo,sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que
tal hanparado a vuestra merced!
Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaronninguna; y él dijo que todo era
molimiento, por haber dado una gran caídacon Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez
jayanes, los másdesaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra.
— ¡Ta, ta! —dijo el cura—. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, queyo los queme
mañana antes que llegue la noche.
Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otracosa sino que le diesen
de comer y le dejasen dormir, que era lo que más leimportaba. Hízose así, y el cura se informó
muy a la larga del labrador delmodo que había hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con
losdisparates que al hallarle y al traerle había dicho; que fue poner másdeseo en el licenciado de
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