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Don Quijote

— Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora quedecís; mostrádnosla:
que si ella fuere de tanta hermosura como significáis,de buena gana y sin apremio alguno
confesaremos la verdad que por partevuestra nos es pedida.
— Si os la mostrara —replicó don Quijote—, ¿qué hiciérades vosotros enconfesar una verdad
tan notoria? La importancia está en que sin verla lohabéis de creer, confesar, afirmar, jurar y
defender; donde no, conmigosois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora vengáis
uno a uno,como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre ymala usanza
de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado enla razón que de mi parte tengo.
— Señor caballero —replicó el mercader—, suplico a vuestra merced, en nombrede todos estos
príncipes que aquí estamos, que, porque no encarguemosnuestras conciencias confesando una
cosa por nosotros jamás vista ni oída,y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas
del Alcarria yEstremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato deesa
señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo sesacará el ovillo, y
quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestramerced quedará contento y pagado; y aun
creo que estamos ya tan de su parteque, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y
que del otrole mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestramerced,
diremos en su favor todo lo que quisiere.
— No le mana, canalla infame —respondió don Quijote, encendido en cólera—;no le mana,
digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y noes tuerta ni corcovada, sino más
derecha que un huso de Guadarrama. Perovosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho
contra tamaña beldadcomo es la de mi señora.
Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo habíadicho, con tanta furia y
enojo que, si la buena suerte no hiciera que en lamitad del camino tropezara y cayera Rocinante,
lo pasara mal el atrevidomercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por
elcampo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban lalanza, adarga,
espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y,entretanto que pugnaba por levantarse y
no podía, estaba diciendo:
— ¡Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa mía,sino de mi caballo,
estoy aquí tendido.
Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bienintencionado, oyendo
decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudosufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y,
llegándose a él, tomó lalanza, y, después de haberla hecho pedazos, con uno dellos comenzó a
dar anuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, lemolió como
cibera. Dábanle voces sus amos que no le diese tanto y que ledejase, pero estaba ya el mozo
picado y no quiso dejar el juego hastaenvidar todo el resto de su cólera; y, acudiendo por los
demás trozos de lalanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con todaaquella
tempestad de palos que sobre él vía, no cerraba la boca, amenazandoal cielo y a la tierra, y a los
malandrines, que tal le parecían.
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