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Don Quijote

sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesmaespada, un gentil espaldazaro, siempre
murmurando entre dientes, como querezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le
ciñese la espada,la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue
menesterpoca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero lasproezas que ya
habían visto del novel caballero les tenía la risa a raya.Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:
— Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura enlides.
Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelantea quién quedaba
obligado por la merced recebida; porque pensaba darlealguna parte de la honra que alcanzase por
el valor de su brazo. Ellarespondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija
de unremendón natural de Toledo que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya, yque dondequiera
que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. DonQuijote le replicó que, por su amor, le
hiciese merced que de allí adelantese pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió,
y la otra lecalzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la dela espada:
preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera, y queera hija de un honrado molinero
de Antequera; a la cual también rogó donQuijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera,
ofreciéndole nuevosservicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, novio la hora don
Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras;y, ensillando luego a Rocinante, subió
en él, y, abrazando a su huésped, ledijo cosas tan estrañas, agradeciéndole la merced de haberle
armadocaballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle yafuera de la venta,
con no menos retóricas, aunque con más breves palabras,respondió a las suyas, y, sin pedirle la
costa de la posada, le dejó ir ala buen hora.
Capítulo IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de laventa
La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tangallardo, tan alborozado
por verse ya armado caballero, que el gozo lereventaba por las cinchas del caballo. Mas,
viniéndole a la memoria losconsejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que
habíade llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determinó volver asu casa y
acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebira un labrador vecino suyo, que
era pobre y con hijos, pero muy a propósitopara el oficio escuderil de la caballería. Con este
pensamiento guió aRocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tantagana
comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.
No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de laespesura de un bosque
que allí estaba, salían unas voces delicadas, como depersona que se quejaba; y apenas las hubo
oído, cuando dijo:
— Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me poneocasiones delante
donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, ydonde pueda coger el fruto de mis
buenos deseos. Estas voces, sin duda, sonde algún menesteroso o menesterosa, que ha menester
mi favor y ayuda.
 
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