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Don Quijote

castillo se encerraba. Agradeciéronselo los que leconocían, y dieron al oidor cuenta del humor
estraño de don Quijote, de queno poco gusto recibió.
Sólo Sancho Panza se desesperaba con la tardanza del recogimiento, y sóloél se acomodó mejor
que todos, echándose sobre los aparejos de su jumento,que le costaron tan caros como adelante
se dirá.
Recogidas, pues, las damas en su estancia, y los demás acomodádose comomenos mal pudieron,
don Quijote se salió fuera de la venta a hacer lacentinela del castillo, como lo había prometido.
Sucedió, pues, que faltando poco por venir el alba, llegó a los oídos delas damas una voz tan
entonada y tan buena, que les obligó a que todas leprestasen atento oído, especialmente Dorotea,
que despierta estaba, a cuyolado dormía doña Clara de Viedma, que ansí se llamaba la hija del
oidor.Nadie podía imaginar quién era la persona que tan bien cantaba, y era unavoz sola, sin que
la acompañase instrumento alguno. Unas veces les parecíaque cantaban en el patio; otras, que en
la caballeriza; y, estando en estaconfusión muy atentas, llegó a la puerta del aposento Cardenio y
dijo:
— Quien no duerme, escuche; que oirán una voz de un mozo de mulas, que detal manera canta
que encanta.
— Ya lo oímos, señor —respondió Dorotea.
Y, con esto, se fue Cardenio; y Dorotea, poniendo toda la atención posible,entendió que lo que se
cantaba era esto:
Capítulo XLIII. Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas,con
otros estraños acaecimientos en la venta sucedidos]
-Marinero
soy
de
amor,
y
en
su
piélago
profundo
navego
sin
esperanza
de
llegar
a
puerto
alguno.
Siguiendo
voy
a
una
estrella
que
desde
lejos
descubro,
más
bella
y
resplandeciente
que
cuantas
vio
Palinuro.
Yo
no
adónde
me
guía,
y
así,
navego
confuso,
el
alma
a
mirarla
atenta,
cuidadosa
y
con
descuido.
Recatos
impertinentes,
honestidad
contra
el
uso,
son
nubes
que
me
la
encubren
cuando
más
verla
procuro.
¡Oh
clara
y
luciente
estrella,
 
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