Not a member?     Existing members login below:

Don Quijote

segundara con otro, notuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogió sus armas
ytornó a pasearse con el mismo reposo que primero. Desde allí a poco, sinsaberse lo que había
pasado (porque aún estaba aturdido el arriero), llegóotro con la mesma intención de dar agua a
sus mulos; y, llegando a quitarlas armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote
palabra y sinpedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza, y,sin hacerla
pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porquese la abrió por cuatro. Al ruido
acudió toda la gente de la venta, y entreellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su
adarga, y, puestamano a su espada, dijo:
— ¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío!Ahora es tiempo que
vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivocaballero, que tamaña aventura está atendiendo.
Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos losarrieros del mundo, no
volviera el pie atrás. Los compañeros de losheridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos
a llover piedrassobre don Quijote, el cual, lo mejor que podía, se reparaba con su adarga,y no se
osaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El venterodaba voces que le dejasen,
porque ya les había dicho como era loco, y quepor loco se libraría, aunque los matase a todos.
También don Quijote lasdaba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor
delcastillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentíaque se tratasen los
andantes caballeros; y que si él hubiera recebido laorden de caballería, que él le diera a entender
su alevosía:
— Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad,venid y ofendedme
en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago quelleváis de vuestra sandez y demasía.
Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en losque le acometían; y,
así por esto como por las persuasiones del ventero, ledejaron de tirar, y él dejó retirar a los
heridos y tornó a la vela de susarmas con la misma quietud y sosiego que primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinóabreviar y darle la negra
orden de caballería luego, antes que otradesgracia sucediese. Y así, llegándose a él, se desculpó
de la insolenciaque aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese cosa alguna;pero
que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Díjole como ya lehabía dicho que en aquel
castillo no había capilla, y para lo que restabade hacer tampoco era necesaria; que todo el toque
de quedar armadocaballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él teníanoticia
del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo sepodía hacer, y que ya había
cumplido con lo que tocaba al velar de lasarmas, que con solas dos horas de vela se cumplía,
cuanto más, que él habíaestado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, y dijo que él
estabaallí pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad quepudiese; porque si
fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, nopensaba dejar persona viva en el
castillo, eceto aquellas que él lemandase, a quien por su respeto dejaría.
Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro dondeasentaba la paja y cebada que
daba a los arrieros, y con un cabo de velaque le traía un muchacho, y con las dos ya dichas
doncellas, se vino adondedon Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en
sumanual, como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzóla mano y diole
Remove