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Don Quijote

»Luego que los jinetes entendieron que éramos cristianos cautivos, seapearon de sus caballos, y
cada uno nos convidaba con el suyo parallevarnos a la ciudad de Vélez Málaga, que legua y
media de allí estaba.Algunos dellos volvieron a llevar la barca a la ciudad, diciéndoles dóndela
habíamos dejado; otros nos subieron a las ancas, y Zoraida fue en lasdel caballo del tío del
cristiano. Saliónos a recebir todo el pueblo, queya de alguno que se había adelantado sabían la
nueva de nuestra venida. Nose admiraban de ver cautivos libres, ni moros cautivos, porque toda
lagente de aquella costa está hecha a ver a los unos y a los otros; peroadmirábanse de la
hermosura de Zoraida, la cual en aquel instante y sazónestaba en su punto, ansí con el cansancio
del camino como con la alegría deverse ya en tierra de cristianos, sin sobresalto de perderse; y
esto lehabía sacado al rostro tales colores que, si no es que la afición entoncesme engañaba,
osaré decir que más hermosa criatura no había en el mundo; alo menos, que yo la hubiese visto.
»Fuimos derechos a la iglesia, a dar gracias a Dios por la merced recebida;y, así como en ella
entró Zoraida, dijo que allí había rostros que separecían a los de Lela Marién. Dijímosle que eran
imágines suyas, y comomejor se pudo le dio el renegado a entender lo que significaban, para
queella las adorase como si verdaderamente fueran cada una dellas la mismaLela Marién que la
había hablado. Ella, que tiene buen entendimiento y unnatural fácil y claro, entendió luego
cuanto acerca de las imágenes se ledijo. Desde allí nos llevaron y repartieron a todos en
diferentes casas delpueblo; pero al renegado, Zoraida y a mí nos llevó el cristiano que vinocon
nosotros, y en casa de sus padres, que medianamente eran acomodados delos bienes de fortuna, y
nos regalaron con tanto amor como a su mismo hijo.
»Seis días estuvimos en Vélez, al cabo de los cuales el renegado, hecha suinformación de cuanto
le convenía, se fue a la ciudad de Granada, areducirse por medio de la Santa Inquisición al
gremio santísimo de laIglesia; los demás cristianos libertados se fueron cada uno donde mejor
lepareció; solos quedamos Zoraida y yo, con solos los escudos que la cortesíadel francés le dio a
Zoraida, de los cuales compré este animal en que ellaviene; y, sirviéndola yo hasta agora de
padre y escudero, y no de esposo,vamos con intención de ver si mi padre es vivo, o si alguno de
mis hermanosha tenido más próspera ventura que la mía, puesto que, por haberme hecho elcielo
compañero de Zoraida, me parece que ninguna otra suerte me pudieravenir, por buena que fuera,
que más la estimara. La paciencia con queZoraida lleva las incomodidades que la pobreza trae
consigo, y el deseo quemuestra tener de verse ya cristiana es tanto y tal, que me admira y
memueve a servirla todo el tiempo de mi vida, puesto que el gusto que tengode verme suyo y de
que ella sea mía me lo turba y deshace no saber sihallaré en mi tierra algún rincón donde
recogella, y si habrán hecho eltiempo y la muerte tal mudanza en la hacienda y vida de mi padre
y hermanosque apenas halle quien me conozca, si ellos faltan.» No tengo más, señores,que
deciros de mi historia; la cual, si es agradable y peregrina, júzguenlovuestros buenos
entendimientos; que de mí sé decir que quisiera habéroslacontado más brevemente, puesto que el
temor de enfadaros más de cuatrocircustancias me ha quitado de la lengua.
Capítulo XLII. Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otrasmuchas
cosas dignas de saberse
Calló, en diciendo esto, el cautivo, a quien don Fernando dijo:
 
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