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Don Quijote

muchos días que mi rescate estaba en Argel, y que elmercader, por sus granjerías, lo había
callado. Finalmente, mi amo era tancaviloso que en ninguna manera me atreví a que luego se
desembolsase eldinero. El jueves antes del viernes que la hermosa Zoraida se había de iral jardín,
nos dio otros mil escudos y nos avisó de su partida, rogándomeque, si me rescatase, supiese
luego el jardín de su padre, y que en todocaso buscase ocasión de ir allá y verla. Respondíle en
breves palabras queasí lo haría, y que tuviese cuidado de encomendarnos a Lela Marién,
contodas aquellas oraciones que la cautiva le había enseñado.
»Hecho esto, dieron orden en que los tres compañeros nuestros serescatasen, por facilitar la
salida del baño, y porque, viéndome a mírescatado, y a ellos no, pues había dinero, no se
alborotasen y lespersuadiese el diablo que hiciesen alguna cosa en perjuicio de Zoraida;que,
puesto que el ser ellos quien eran me podía asegurar deste temor, contodo eso, no quise poner el
negocio en aventura, y así, los hice rescatarpor la misma orden que yo me rescaté, entregando
todo el dinero almercader, para que, con certeza y seguridad, pudiese hacer la fianza; alcual
nunca descubrimos nuestro trato y secreto, por el peligro que había.
Capítulo XLI. Donde todavía prosigue el cautivo su suceso
»No se pasaron quince días, cuando ya nuestro renegado tenía comprada unamuy buena barca,
capaz de más de treinta personas: y, para asegurar suhecho y dalle color, quiso hacer, como hizo,
un viaje a un lugar que sellamaba Sargel, que está treinta leguas de Argel hacia la parte de Orán,
enel cual hay mucha contratación de higos pasos. Dos o tres veces hizo esteviaje, en compañía
del tagarino que había dicho. Tagarinos llaman enBerbería a los moros de Aragón, y a los de
Granada, mudéjares; y en elreino de Fez llaman a los mudéjares elches, los cuales son la gente
dequien aquel rey más se sirve en la guerra.
»Digo, pues, que cada vez que pasaba con su barca daba fondo en una caletaque estaba no dos
tiros de ballesta del jardín donde Zoraida esperaba; yallí, muy de propósito, se ponía el renegado
con los morillos que bogabanel remo, o ya a hacer la zalá, o a como por ensayarse de burlas a lo
quepensaba hacer de veras; y así, se iba al jardín de Zoraida y le pedíafruta, y su padre se la daba
sin conocelle; y, aunque él quisiera hablar aZoraida, como él después me dijo, y decille que él
era el que por orden míale había de llevar a tierra de cristianos, que estuviese contenta y
segura,nunca le fue posible, porque las moras no se dejan ver de ningún moro niturco, si no es
que su marido o su padre se lo manden. De cristianoscautivos se dejan tratar y comunicar, aun
más de aquello que seríarazonable; y a mí me hubiera pesado que él la hubiera hablado, que
quizá laalborotara, viendo que su negocio andaba en boca de renegados. Pero Dios,que lo
ordenaba de otra manera, no dio lugar al buen deseo que nuestrorenegado tenía; el cual, viendo
cuán seguramente iba y venía a Sargel, yque daba fondo cuando y como y adonde quería, y que
el tagarino, sucompañero, no tenía más voluntad de lo que la suya ordenaba, y que yoestaba ya
rescatado, y que sólo faltaba buscar algunos cristianos quebogasen el remo, me dijo que mirase
yo cuáles quería traer conmigo, fuerade los rescatados, y que los tuviese hablados para el primer
viernes, dondetenía determinado que fuese nuestra partida. Viendo esto, hablé a doceespañoles,
todos valientes hombres del remo, y de aquellos que máslibremente podían salir de la ciudad; y
no fue poco hallar tantos enaquella coyuntura, porque estaban veinte bajeles en corso, y se
habíanllevado toda la gente de remo, y éstos no se hallaran, si no fuera que suamo se quedó
aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota que teníaen astillero. A los cuales no les dije
 
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