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Don Quijote

algunaalegría, porque se le representaba a la memoria cuán engañado estaba suamigo y cuán
injustamente él le agraviaba. Y, aunque Anselmo veía queLotario no se alegraba, creía ser la
causa por haber dejado a Camila heriday haber él sido la causa; y así, entre otras razones, le dijo
que notuviese pena del suceso de Camila, porque, sin duda, la herida era ligera,pues quedaban de
concierto de encubrírsela a él; y que, según esto, nohabía de qué temer, sino que de allí adelante
se gozase y alegrase con él,pues por su industria y medio él se veía levantado a la más alta
felicidadque acertara desearse, y quería que no fuesen otros sus entretenimientosque en hacer
versos en alabanza de Camila, que la hiciesen eterna en lamemoria de los siglos venideros.
Lotario alabó su buena determinación ydijo que él, por su parte, ayudaría a levantar tan ilustre
edificio.»Con esto quedó Anselmo el hombre más sabrosamente engañado que pudo haberen el
mundo: él mismo llevó por la mano a su casa, creyendo que llevaba elinstrumento de su gloria,
toda la perdición de su fama. Recebíale Camilacon rostro, al parecer, torcido, aunque con alma
risueña. Duró este engañoalgunos días, hasta que, al cabo de pocos meses, volvió Fortuna su
rueda ysalió a plaza la maldad con tanto artificio hasta allí cubierta, y aAnselmo le costó la vida
su impertinente curiosidad.»
Capítulo XXXV. Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente
Poco más quedaba por leer de la novela, cuando del caramanchón dondereposaba don Quijote
salió Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:
— Acudid, señores, presto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la másreñida y trabada
batalla que mis ojos han visto. ¡Vive Dios, que ha dadouna cuchillada al gigante enemigo de la
señora princesa Micomicona, que leha tajado la cabeza, cercen a cercen, como si fuera un nabo!
— ¿Qué dices, hermano? —dijo el cura, dejando de leer lo que de la novelaquedaba—. ¿Estáis
en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que decís,estando el gigante dos mil leguas de
aquí?
En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote decía avoces:
— ¡Tente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo, y no te ha de valertu cimitarra!
Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:
— No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o aayudar a mi amo; aunque
ya no será menester, porque, sin duda alguna, elgigante está ya muerto, y dando cuenta a Dios de
su pasada y mala vida, queyo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y caída a un
lado,que es tamaña como un gran cuero de vino.
— Que me maten —dijo a esta sazón el ventero— si don Quijote, o don diablo,no ha dado
alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a sucabecera estaban llenos, y el vino
derramado debe de ser lo que le parecesangre a este buen hombre.
Y, con esto, entró en el aposento, y todos tras él, y hallaron a donQuijote en el más estraño traje
del mundo: estaba en camisa, la cual no eratan cumplida que por delante le acabase de cubrir los
 
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