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Don Quijote

— Así es verdad —respondió don Quijote—, y es forzoso que Andrés tengapaciencia hasta la
vuelta, como vos, señora, decís; que yo le torno a jurary a prometer de nuevo de no parar hasta
hacerle vengado y pagado.
— No me creo desos juramentos —dijo Andrés—; más quisiera tener agora conqué llegar a
Sevilla que todas las venganzas del mundo: déme, si tiene ahí,algo que coma y lleve, y quédese
con Dios su merced y todos los caballerosandantes; que tan bien andantes sean ellos para
consigo como lo han sidopara conmigo.
Sacó de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y, dándoseloal mozo, le dijo:
— Tomá, hermano Andrés, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.— Pues, ¿qué
parte os alcanza a vos? —preguntó Andrés.
— Esta parte de queso y pan que os doy —respondió Sancho—, que Dios sabe sime ha de hacer
falta o no; porque os hago saber, amigo, que los escuderosde los caballeros andantes estamos
sujetos a mucha hambre y a mala ventura,y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.
Andrés asió de su pan y queso, y, viendo que nadie le daba otra cosa, abajósu cabeza y tomó el
camino en las manos, como suele decirse. Bien es verdadque, al partirse, dijo a don Quijote:
— Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare,aunque vea que me
hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con midesgracia; que no será tanta, que no
sea mayor la que me vendrá de su ayudade vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos
cuantos caballerosandantes han nacido en el mundo.
Íbase a levantar don Quijote para castigalle, mas él se puso a correr demodo que ninguno se
atrevió a seguille. Quedó corridísimo don Quijote delcuento de Andrés, y fue menester que los
demás tuviesen mucha cuenta con noreírse, por no acaballe de correr del todo.
Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrillade
don Quijote
Acabóse la buena comida, ensillaron luego, y, sin que les sucediese cosadigna de contar, llegaron
otro día a la venta, espanto y asombro de SanchoPanza; y, aunque él quisiera no entrar en ella,
no lo pudo huir. Laventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y
aSancho, les salieron a recebir con muestras de mucha alegría, y él lasrecibió con grave
continente y aplauso, y díjoles que le aderezasen otromejor lecho que la vez pasada; a lo cual le
respondió la huéspeda que comola pagase mejor que la otra vez, que ella se la daría de príncipes.
DonQuijote dijo que sí haría, y así, le aderezaron uno razonable en el mismocaramanchón de
marras, y él se acostó luego, porque venía muy quebrantado yfalto de juicio.
No se hubo bien encerrado, cuando la huéspeda arremetió al barbero, y,asiéndole de la barba,
dijo:
 
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