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Don Quijote

— Pues otra cosa hay en ello —dijo el cura—: que fuera de las simplicidadesque este buen
hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otrascosas, discurre con bonísimas razones y
muestra tener un entendimientoclaro y apacible en todo. De manera que, como no le toquen en
suscaballerías, no habrá nadie que le juzgue sino por de muy buenentendimiento.
En tanto que ellos iban en esta conversación, prosiguió don Quijote con lasuya y dijo a Sancho:
— Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias, ydime ahora, sin
tener cuenta con enojo ni rencor alguno: ¿Dónde, cómo ycuándo hallaste a Dulcinea? ¿Qué
hacía? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió?¿Qué rostro hizo cuando leía mi carta? ¿Quién te la
trasladó? Y todoaquello que vieres que en este caso es digno de saberse, de preguntarse
ysatisfacerse, sin que añadas o mientas por darme gusto, ni menos te acortespor no quitármele.
— Señor —respondió Sancho—, si va a decir la verdad, la carta no me latrasladó nadie, porque
yo no llevé carta alguna.
— Así es como tú dices —dijo don Quijote—, porque el librillo de memoriadonde yo la escribí
le hallé en mi poder a cabo de dos días de tu partida,lo cual me causó grandísima pena, por no
saber lo que habías tú de hacercuando te vieses sin carta, y creí siempre que te volvieras desde el
lugardonde la echaras menos.
— Así fuera —respondió Sancho—, si no la hubiera yo tomado en la memoriacuando vuestra
merced me la leyó, de manera que se la dije a un sacristán,que me la trasladó del entendimiento,
tan punto por punto, que dijo que entodos los días de su vida, aunque había leído muchas cartas
de descomunión,no había visto ni leído tan linda carta como aquélla.
— Y ¿tiénesla todavía en la memoria, Sancho? —dijo don Quijote.
— No, señor —respondió Sancho—, porque después que la di, como vi que nohabía de ser de
más provecho, di en olvidalla. Y si algo se me acuerda, esaquello del sobajada, digo, del
soberana señora, y lo último: Vuestro hastala muerte, el Caballero de la Triste Figura. Y, en
medio destas dos cosas,le puse más de trecientas almas, y vidas, y ojos míos.
Capítulo XXXI. De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijotey
Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos
— Todo eso no me descontenta; prosigue adelante —dijo don Quijote—.Llegaste, ¿y qué hacía
aquella reina de la hermosura? A buen seguro que lahallaste ensartando perlas, o bordando
alguna empresa con oro de cañutillopara este su cautivo caballero.
— No la hallé —respondió Sancho— sino ahechando dos hanegas de trigo en uncorral de su
casa.
— Pues haz cuenta —dijo don Quijote— que los granos de aquel trigo erangranos de perlas,
tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo ¿eracandeal, o trechel?
 
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