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Don Quijote

tan pocos que no pasande sesenta mil pesos ensayados, que es otro que tal; y, pasando ayer
porestos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores y nos quitaronhasta las barbas; y de
modo nos las quitaron, que le convino al barberoponérselas postizas; y aun a este mancebo que
aquí va —señalando aCardenio— le pusieron como de nuevo. Y es lo bueno que es pública fama
portodos estos contornos que los que nos saltearon son de unos galeotes quedicen que libertó,
casi en este mesmo sitio, un hombre tan valiente que, apesar del comisario y de las guardas, los
soltó a todos; y, sin dudaalguna, él debía de estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande
bellacocomo ellos, o algún hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar allobo entre las
ovejas, a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre lamiel; quiso defraudar la justicia, ir contra
su rey y señor natural, puesfue contra sus justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las galeras
suspies, poner en alboroto a la Santa Hermandad, que había muchos años quereposaba; quiso,
finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su alma yno se gane su cuerpo.
Habíales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los galeotes,que acabó su amo con
tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el curarefiriéndola, por ver lo que hacía o decía don
Quijote; al cual se lemudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que él había sido
ellibertador de aquella buena gente.
— Éstos, pues —dijo el cura—, fueron los que nos robaron; que Dios, por sumisericordia, se lo
perdone al que no los dejó llevar al debido suplicio.
Capítulo XXX. Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacara
nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se habíapuesto
No hubo bien acabado el cura, cuando Sancho dijo:
— Pues mía fe, señor licenciado, el que hizo esa fazaña fue mi amo, y noporque yo no le dije
antes y le avisé que mirase lo que hacía, y que erapecado darles libertad, porque todos iban allí
por grandísimos bellacos.— ¡Majadero! —dijo a esta sazón don Quijote—, a los caballeros
andantes noles toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos queencuentran por
los caminos van de aquella manera, o están en aquellaangustia, por sus culpas o por sus gracias;
sólo le toca ayudarles como amenesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus
bellaquerías. Yotopé un rosario y sarta de gente mohína y desdichada, y hice con ellos loque mi
religión me pide, y lo demás allá se avenga; y a quien mal le haparecido, salvo la santa dignidad
del señor licenciado y su honradapersona, digo que sabe poco de achaque de caballería, y que
miente como unhideputa y mal nacido; y esto le haré conocer con mi espada, donde
máslargamente se contiene.
Y esto dijo afirmándose en los estribos y calándose el morrión; porque labacía de barbero, que a
su cuenta era el yelmo de Mambrino, llevaba colgadodel arzón delantero, hasta adobarla del mal
tratamiento que la hicieron losgaleotes.
Dorotea, que era discreta y de gran donaire, como quien ya sabía elmenguado humor de don
Quijote y que todos hacían burla dél, sino SanchoPanza, no quiso ser para menos, y, viéndole tan
enojado, le dijo:— Señor caballero, miémbresele a la vuestra merced el don que me
tieneprometido, y que, conforme a él, no puede entremeterse en otra aventura,por urgente que
 
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