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Don Quijote

suele ser consuelola imposibilidad de tenerle, y en mí es causa de mayores sentimientos ymales,
porque aun pienso que no se han de acabar con la muerte.
Aquí dio fin Cardenio a su larga plática y tan desdichada como amorosahistoria. Y, al tiempo
que el cura se prevenía para decirle algunas razonesde consuelo, le suspendió una voz que llegó a
sus oídos, que en lastimadosacentos oyeron que decía lo que se dirá en la cuarta parte desta
narración,que en este punto dio fin a la tercera el sabio y atentado historiador CideHamete
Benengeli.
Cuarta parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Capítulo XXVIII. Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura
ybarbero sucedió en la mesma sierra
Felicísimos y venturosos fueron los tiempos donde se echó al mundo elaudacísimo caballero don
Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tanhonrosa determinación como fue el querer
resucitar y volver al mundo la yaperdida y casi muerta orden de la andante caballería, gozamos
ahora, enesta nuestra edad, necesitada de alegres entretenimientos, no sólo de ladulzura de su
verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della,que, en parte, no son menos agradables y
artificiosos y verdaderos que lamisma historia; la cual, prosiguiendo su rastrillado, torcido y
aspadohilo, cuenta que, así como el cura comenzó a prevenirse para consolar aCardenio, lo
impidió una voz que llegó a sus oídos, que, con tristesacentos, decía desta manera:
— ¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir deescondida sepultura a
la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mivoluntad sostengo? Sí será, si la soledad que
prometen estas sierras no memiente. ¡Ay, desdichada, y cuán más agradable compañía harán
estos riscos ymalezas a mi intención, pues me darán lugar para que con quejas comuniquemi
desgracia al cielo, que no la de ningún hombre humano, pues no hayninguno en la tierra de quien
se pueda esperar consejo en las dudas, alivioen las quejas, ni remedio en los males!
Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con él estaban,y por parecerles, como
ello era, que allí junto las decían, se levantaron abuscar el dueño, y no hubieron andado veinte
pasos, cuando detrás de unpeñasco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido
comolabrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavabalos pies en el arroyo
que por allí corría, no se le pudieron ver porentonces. Y ellos llegaron con tanto silencio que dél
no fueron sentidos,ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, queno
parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedrasdel arroyo se habían
nacido. Suspendióles la blancura y belleza de lospies, pareciéndoles que no estaban hechos a
pisar terrones, ni a andar trasel arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su dueño; y así,
viendoque no habían sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo señas a losotros dos que se
agazapasen o escondiesen detrás de unos pedazos de peñaque allí había, y así lo hicieron todos,
mirando con atención lo que elmozo hacía; el cual traía puesto un capotillo pardo de dos haldas,
muyceñido al cuerpo con una toalla blanca. Traía, ansimesmo, unos calzones ypolainas de paño
pardo, y en la cabeza una montera parda. Tenía laspolainas levantadas hasta la mitad de la
pierna, que, sin duda alguna, deblanco alabastro parecía. Acabóse de lavar los hermosos pies, y
luego, conun paño de tocar, que sacó debajo de la montera, se los limpió; y, alquerer quitársele,
 
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