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Don Quijote

por él como por su propriapersona, se puso en camino del llano, esparciendo de trecho a trecho
losramos de la retama, como su amo se lo había aconsejado. Y así, se fue,aunque todavía le
importunaba don Quijote que le viese siquiera hacer doslocuras. Mas no hubo andado cien pasos,
cuando volvió y dijo:
— Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien: que, para que puedajurar sin cargo de
conciencia que le he visto hacer locuras, será bien quevea siquiera una, aunque bien grande la he
visto en la quedada de vuestramerced.
— ¿No te lo decía yo? —dijo don Quijote—. Espérate, Sancho, que en un credolas haré.
Y, desnudándose con toda priesa las calzones, quedó en carnes y en pañales,y luego, sin más ni
más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas, lacabeza abajo y los pies en alto, descubriendo
cosas que, por no verlas otravez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y
satisfechode que podía jurar que su amo quedaba loco. Y así, le dejaremos ir sucamino, hasta la
vuelta, que fue breve.
Capítulo XXVI. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo
donQuijote en Sierra Morena
Y, volviendo a contar lo que hizo el de la Triste Figura después que se viosolo, dice la historia
que, así como don Quijote acabó de dar las tumbas ovueltas, de medio abajo desnudo y de medio
arriba vestido, y que vio queSancho se había ido sin querer aguardar a ver más sandeces, se
subió sobreuna punta de una alta peña y allí tornó a pensar lo que otras muchas veceshabía
pensado, sin haberse jamás resuelto en ello. Y era que cuál seríamejor y le estaría más a cuento:
imitar a Roldán en las locuras desaforadasque hizo, o Amadís en las malencónicas. Y, hablando
entre sí mesmo, decía:— Si Roldán fue tan buen caballero y tan valiente como todos dicen,
¿quémaravilla?, pues, al fin, era encantado y no le podía matar nadie si no erametiéndole un
alfiler de a blanca por la planta del pie, y él traía siemprelos zapatos con siete suelas de hierro.
Aunque no le valieron tretas contraBernardo del Carpio, que se las entendió y le ahogó entre los
brazos, enRoncesvalles. Pero, dejando en él lo de la valentía a una parte, vengamos alo de perder
el juicio, que es cierto que le perdió, por las señales quehalló en la fontana y por las nuevas que
le dio el pastor de que Angélicahabía dormido más de dos siestas con Medoro, un morillo de
cabellosenrizados y paje de Agramante; y si él entendió que esto era verdad y quesu dama le
había cometido desaguisado, no hizo mucho en volverse loco. Peroyo, ¿cómo puedo imitalle en
las locuras, si no le imito en la ocasióndellas? Porque mi Dulcinea del Toboso osaré yo jurar que
no ha visto entodos los días de su vida moro alguno, ansí como él es, en su mismo traje,y que se
está hoy como la madre que la parió; y haríale agravio manifiestosi, imaginando otra cosa della,
me volviese loco de aquel género de locurade Roldán el furioso. Por otra parte, veo que Amadís
de Gaula, sin perderel juicio y sin hacer locuras, alcanzó tanta fama de enamorado como el
quemás; porque lo que hizo, según su historia, no fue más de que, por versedesdeñado de su
señora Oriana, que le había mandado que no pareciese antesu presencia hasta que fuese su
voluntad, de que se retiró a la Peña Pobreen compañía de un ermitaño, y allí se hartó de llorar y
de encomendarse aDios, hasta que el cielo le acorrió, en medio de su mayor cuita ynecesidad. Y
si esto es verdad, como lo es, ¿para qué quiero yo tomartrabajo agora de desnudarme del todo, ni
dar pesadumbre a estos árboles,que no me han hecho mal alguno? Ni tengo para qué enturbiar el
 
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