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Don Quijote

yrabia que, si no se le quitáramos, le matara a puñadas y a bocados; y todoesto hacía, diciendo:
''¡Ah, fementido Fernando! ¡Aquí, aquí me pagarás lasinrazón que me heciste: estas manos te
sacarán el corazón, donde albergany tienen manida todas las maldades juntas, principalmente la
fraude y elengaño!'' Y a éstas añadía otras razones, que todas se encaminaban a decirmal de
aquel Fernando y a tacharle de traidor y fementido. Quitámossele,pues, con no poca pesadumbre,
y él, sin decir más palabra, se apartó denosotros y se emboscó corriendo por entre estos jarales y
malezas, de modoque nos imposibilitó el seguille. Por esto conjeturamos que la locura levenía a
tiempos, y que alguno que se llamaba Fernando le debía de haberhecho alguna mala obra, tan
pesada cuanto lo mostraba el término a que lehabía conducido. Todo lo cual se ha confirmado
después acá con las veces,que han sido muchas, que él ha salido al camino, unas a pedir a
lospastores le den de lo que llevan para comer y otras a quitárselo porfuerza; porque cuando está
con el accidente de la locura, aunque lospastores se lo ofrezcan de buen grado, no lo admite, sino
que lo toma apuñadas; y cuando está en su seso, lo pide por amor de Dios, cortés
ycomedidamente, y rinde por ello muchas gracias, y no con falta de lágrimas.Y en verdad os
digo, señores —prosiguió el cabrero—, que ayer determinamosyo y cuatro zagales, los dos
criados y los dos amigos míos, de buscarlehasta tanto que le hallemos, y, después de hallado, ya
por fuerza ya porgrado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocholeguas,
y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quiénes cuando esté en sus seso, y si
tiene parientes a quien dar noticia de sudesgracia». Esto es, señores, lo que sabré deciros de lo
que me habéispreguntado; y entended que el dueño de las prendas que hallastes es elmesmo que
vistes pasar con tanta ligereza como desnudez —que ya le habíadicho don Quijote cómo había
visto pasar aquel hombre saltando por lasierra.
El cual quedó admirado de lo que al cabrero había oído, y quedó con másdeseo de saber quién
era el desdichado loco; y propuso en sí lo mesmo queya tenía pensado: de buscalle por toda la
montaña, sin dejar rincón nicueva en ella que no mirase, hasta hallarle. Pero hízolo mejor la
suerte delo que él pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante pareció, porentre una
quebrada de una sierra que salía donde ellos estaban, el manceboque buscaba, el cual venía
hablando entre sí cosas que no podían serentendidas de cerca, cuanto más de lejos. Su traje era
cual se ha pintado,sólo que, llegando cerca, vio don Quijote que un coleto hecho pedazos
quesobre sí traía era de ámbar; por donde acabó de entender que persona quetales hábitos traía
no debía de ser de ínfima calidad.
En llegando el mancebo a ellos, les saludó con una voz desentonada ybronca, pero con mucha
cortesía. Don Quijote le volvió las saludes con nomenos comedimiento, y, apeándose de
Rocinante, con gentil continente ydonaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio
estrechamente entre susbrazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido. El otro, a
quienpodemos llamar el Roto de la Mala Figura —como a don Quijote el de laTriste—, después
de haberse dejado abrazar, le apartó un poco de sí, y,puestas sus manos en los hombros de don
Quijote, le estuvo mirando, comoque quería ver si le conocía; no menos admirado quizá de ver la
figura,talle y armas de don Quijote, que don Quijote lo estaba de verle a él. Enresolución, el
primero que habló después del abrazamiento fue el Roto, ydijo lo que se dirá adelante.
Capítulo XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena
 
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