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Don Quijote

— Señor, vuestra merced ha acabado esta peligrosa aventura lo más a su salvode todas las que
yo he visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada,podría ser que cayese en la cuenta de que
los venció sola una persona, y,corridos y avergonzados desto, volviesen a rehacerse y a
buscarnos, y nosdiesen en qué entender. El jumento está como conviene, la montaña cerca,
lahambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de pies,y, como dicen,
váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza.Y, antecogiendo su asno, rogó a su señor
que le siguiese; el cual,pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a replicar, le siguió.
Y,a poco trecho que caminaban por entre dos montañuelas, se hallaron en unespacioso y
escondido valle, donde se apearon; y Sancho alivió el jumento,y, tendidos sobre la verde yerba,
con la salsa de su hambre, almorzaron,comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto,
satisfaciendo susestómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos del difunto— que
pocas veces se dejan mal pasar— en la acémila de su repuesto traían.Mas sucedióles otra
desgracia, que Sancho la tuvo por la peor de todas, yfue que no tenían vino que beber, ni aun
agua que llegar a la boca; y,acosados de la sed, dijo Sancho, viendo que el prado donde estaban
estabacolmado de verde y menuda yerba, lo que se dirá en el siguiente capítulo.
Capítulo XX. De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligrofue
acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valerosodon
Quijote de la Mancha
— No es posible, señor mío, sino que estas yerbas dan testimonio de que poraquí cerca debe de
estar alguna fuente o arroyo que estas yerbas humedece;y así, será bien que vamos un poco más
adelante, que ya toparemos dondepodamos mitigar esta terrible sed que nos fatiga, que, sin duda,
causamayor pena que la hambre.
Parecióle bien el consejo a don Quijote, y, tomando de la rienda aRocinante, y Sancho del
cabestro a su asno, después de haber puesto sobreél los relieves que de la cena quedaron,
comenzaron a caminar por el pradoarriba a tiento, porque la escuridad de la noche no les dejaba
ver cosaalguna; mas, no hubieron andado docientos pasos, cuando llegó a sus oídosun grande
ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos sedespeñaba. Alegróles el ruido
en gran manera, y, parándose a escuchar haciaqué parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo
que les aguó el contentodel agua, especialmente a Sancho, que naturalmente era medroso y de
pocoánimo. Digo que oyeron que daban unos golpes a compás, con un cierto crujirde hierros y
cadenas, que, acompañados del furioso estruendo del agua, quepusieran pavor a cualquier otro
corazón que no fuera el de don Quijote.Era la noche, como se ha dicho, escura, y ellos acertaron
a entrar entreunos árboles altos, cuyas hojas, movidas del blando viento, hacían untemeroso y
manso ruido; de manera que la soledad, el sitio, la escuridad,el ruido del agua con el susurro de
las hojas, todo causaba horror yespanto, y más cuando vieron que ni los golpes cesaban, ni el
vientodormía, ni la mañana llegaba; añadiéndose a todo esto el ignorar el lugardonde se hallaban.
Pero don Quijote, acompañado de su intrépido corazón,saltó sobre Rocinante, y, embrazando su
rodela, terció su lanzón y dijo:— Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo,
en estanuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, comosuele llamarse.
Yo soy aquél para quien están guardados los peligros, lasgrandes hazañas, los valerosos hechos.
Yo soy, digo otra vez, quien ha deresucitar los de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los
Nueve de laFama, y el que ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantesy Tirantes,
los Febos y Belianises, con toda la caterva de los famososcaballeros andantes del pasado tiempo,
 
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