Cuentos y Diálogos by Juan Valera - HTML preview

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Su cabellera le caía en bucles perfumados sobre la espalda, y la barbaformaba menudísimos rizos, artística y simétricamente ordenados. Suvestido y su persona despedían delicada fragancia. A pesar de miseveridad, no pude menos de admirarme de la finura del Rey Nanar, yconfesé, allá en mis adentros, que era la persona más comm'il faut quehabía yo tratado en mi vida.

El Rey me alojó en su alcázar, me dio fiestas espléndidas, y me distrajode tal suerte que casi me hizo olvidar el objeto de mi misión. Yateníamos un concierto, ya un baile, ya una cena por el estilo de la quedio Baltasar muchos años después. Yo no me atrevía a preguntar al Reyqué había hecho de Parsondes. Yo no comprendía que un señor tanexcelente, que agasajaba y regalaba a los huéspedes con aquellaelegancia y cortesanía, hubiese dado muerte o tuviese en duro cautiverioa mi querido maestro.

Por último, una noche me armé de toda mi austeridad y resolución, y dijea Nanar, en nombre del Rey mi amo, que en el momento mismo iba a decirdónde estaba el virtuoso Parsondes, si no quería perder el reino y lavida. Nanar, en vez de contestarme, hizo venir al punto a todas lasbayaderas y cantatrices que había en el alcázar: se entiende que fueradel recinto, harén o como quiera llamarse, reservado a sus mujeres. Lastales sacerdotisas de Milita pasaban de novecientas, y eran de lo másbello y habilidoso que a duras penas pudiera encontrarse en toda elAsia. Las muchachas llegaron bailando, cantando y tocando flautas,crótalos y salterios, que era cosa de gusto el verlas y el oírlas. Yo mequedé absorto. Nanar me dijo, y aquí fue mayor mi estupefacción:

—Ahí tienes al santo Parsondes en medio de esas mujeres. Parsondes,ven acá y saluda a tu antiguo discípulo.

Salió entonces del centro de aquella turba femenina uno que, a no serpor la barba, hubiera podido confundirse con las mujeres. Traía pintadaslas cejas de negro, de azul los párpados, a fin de que brillasen más losojos, y las mejillas cubiertas de colorete. Estaba todo perfumado, sutraje era casi tan rico como el del Rey, su andar afeminado y lánguido;de sus orejas pendían zarcillos primorosos; de su garganta un collar deperlas; ceñía su frente una guirnalda de flores. Era el mismo Parsondes,que me echó los brazos al cuello.

—Yo soy, me dijo, muy otro del que antes era. Vuélvete, si quieres, aSusa, pero no digas que vivo aún, para que no se escandalicen los magos,y para que sigan teniendo un ejemplo reciente de santidad a querecurrir. Nanar se vengó de mi ruda y desaliñada virtud haciéndomeprisionero y mandando que me enjabonasen y fregasen con un estropajo.Después

han

seguido

lavándome

y

perfumándome dos veces al día,regalándome a pedir de boca, y obligándome a estar en compañía de todasestas alegres señoritas, donde he acabado por olvidarme de Zoroastro yde mis austeras predicaciones, y por convencerme de que en esta vida seha de procurar pasarlo lo mejor posible, sin ocuparse en la vida de losotros.

Cuidados agenos matan al asno, y nadie lo es más que quien semezcla en censurar los vicios de los otros, cuando sólo le ha faltado laocasión para caer en ellos, o cuando, si en ellos no ha caído, se lodebe a su ignorancia, mal gusto y rustiqueza.

Las manos me puse en los oídos para no oír semejantes blasfemias en bocade aquel sabio admirable. Desesperado y rabioso estaba yo de verleconvertido en bon vivant, con sus puntas y collar de bribóndesvergonzado; mas para evitar habladurías escandalosas, determinéaconsejar al colegio de los magos que siguiese sosteniendo que Parsondeshabía subido al empíreo, y que siguiese venerando su imagen, sindescubrir nunca, antes negando rotundamente, que Parsondes vivía con lasbailarinas de Babilonia, en el alcázar de Nanar.

En esto desperté de mi sueño y me volví a encontrar en mi pobre casitade esta corte.

—Creo, añadía nuestro amigo al terminar su cuento, que con menosriqueza y a menos costa pueden los Nanares del día seducir a losParsondes que zahieren su inmoralidad y sus vicios, movidos, no de lacaridad, sino de la envidia.

Los que no estén seguros de la propiavirtud y entereza de ánimo han de ser, pues, más indulgentes con losNanares.

¡Desdichado aquel que hace alarde de virtud sin tenerlaprobadísima!

¡Dichoso aquel que la practica y calla!

EL BERMEJINO PREHISTÓRICO

O LAS SALAMANDRAS AZULES

I

Siempre he sido aficionado a las ciencias. Cuando mozo, tenía yo otrasmil aficiones; pero como ya soy viejo, la afición científica prevalece ytriunfa en mi alma. Por desgracia o por fortuna me sucede algo de muysingular.

Las ciencias me gustan en razón inversa delas verdades que vandemostrando con exactitud. Así es que apenas me interesan las cienciasexactas, y las inexactas me enamoran.

De aquí mi inclinación a lafilosofía.

No es la verdad lo que me seduce, sino el esfuerzo de discurso, desutileza y de imaginación que se emplea en descubrir la verdad, aunqueno se descubra. Una vez la verdad descubierta, bien demostrada ypatente, suele dejarme frío. Así, un mancebo galante, cuando va por lacalle en pos de una mujer, cuyo andar airoso y cuyo talle leentusiasman, y luego se adelanta, la mira el rostro, y ve que es vieja,o tuerta, o tiene hocico de mona.

El hombre además sería un mueble si conociera la verdad, aunque laverdad fuese bonita. Se aquietarla en su posesión y goce y se volveríatonto. Mejores, pues, que sepamos pocas cosas. Lo que importa es saberlo bastante para que aparezca o se columbre el misterio, y nunca lobastante para que se explique o se aclare. De esta suerte se excita lacuriosidad, se aviva la fantasía y se inventan teorías, dogmas y otrasingeniosidades, que nos entretienen y consuelan durante nuestraexistencia terrestre; de todo lo cual careceríamos, siendo mil veces másinfelices, si de puro rudos no se nos presentase el misterio, o si depuro hábiles llegásemos a desentrañar su hondo y verdadero significado.

Entre estas ciencias inexactas, que tanto me deleitan, hay una, muy enmoda ahora, que es objeto de mi predilección.

Hablo de la prehistoria.

Yo, sin saber si hago bien, divido en dos partes esta ciencia. Una, queme atrevería a llamar prehistoria geológica, está fundada en eldescubrimiento de calaveras, canillas, flechas y lanzas, pucheretes yotros cacharros, que suponen los sabios que son de una edad remotísima,que llaman de piedra. Esta prehistoria me divierte menos, y tiene, a miver muchísimos menos lances que oirá prehistoria que llamaremosfilológica, fundada en el estudio de los primitivos idiomas y en losdocumentos que en ellos se conservan escritos. Esta es la prehistoriaque a mí me hace más gracia.

¡Qué variedad de opiniones! ¡Qué agudas conjeturas!

¡Con qué arte sedisponen y ordenan los hechos conocidos para que se adapten al sistemaque forja cada sabio! Ya toda la civilización nace de Egipto; ya de losacadies en el centro del Asia; ya viene de la India; ya de un continenteque llaman Lemuria, hundido en el seno del mar, al Sur, entre África yAsia; ya de otro continente, que hubo entre Europa y América, y que sellamó la Atlántida.

Sobre el idioma primitivo, así como sobre la primitiva civilización, sesigue disputando. Hasta se disputa sobre si fue uno o fueron varios losidiomas: esto es, sobre si los hombres empezaron a dispersarse por elmundo alalos, o digamos, sin habla aún, y en manadas, y luego fueroninventando diversos idiomas en diversos puntos, o sobre si antes de ladispersión hablaban ya todos una sola lengua.

Mi prurito de curiosear me induce a leer cuantos libros nuevos vansaliendo sobre esta materia, que no son pocos; y mientras másdesatinados son, miradas las cosas por el vulgo de los timoratos, más medivierten los tales libros.

En estos últimos días los libros que he leído van en contra de losarios, de los egipcios, de los semitas y de otras naciones y castas, queantes pasaban por las civilizadoras en grado superior. Si los librosantiguos han sostenido que la civilización, como la luz solar, sedifundió de Oriente hacia Occidente, estos nuevos libros afirman que sedifundió en sentido inverso, de Occidente hacia Oriente. Todo el saberde los magos de Irán y de Caldea, de los brahmanes de las orillas delGanges, de los sacerdotes de Isis y Osiris, de los iniciados enSamotracia y de los pueblos de Fenicia y Frigia, no vale un pito,comparado al saber de ciertos galos primitivos, cuyo centro de luzestuvo en un París prehistórico.

Los galos y sus bardos y druidas, poetas y sacerdotes, lo enseñarontodo; pero su misma, ciencia era ya reflejo confuso y recuerdo nocompleto de la ciencia que poseyeron, en el centro del país fértil yhermoso que hoy se llama Francia, antes de la venida de los celtas,otros hombres más primitivos y excelentes que llamaremos hiperbóreos oprotoscitas.

Pero ¿qué lengua hablaban estos protoscitas o hiperbóreos, cuyo centro yfoco civilizador fue un París de hace seis o siete mil años lo menos?Hablaban la lengua euskara,

vulgo

vascuence.

¿De

dónde

habían

venido?Habían venido de la Atlántida, que se hundió. ¿Qué conocimientos tenían?Tenían todos los conocimientos que hoy poseemos y muchos más que se hanofuscado por medio de fábulas y de otras niñerías. Así, pues, losarimaspes, que tenían un ojo solo y miraban al cielo, eran losastrónomos de entonces, que ya conocían el telescopio; y la flecha enque Abaris iba cabalgando de un extremo a otro de la tierra, era elglobo aerostático o un artificio para volar con dirección y brújula,etc., etc., etc. Ya se entiende que la época de los arimaspes y la deAbaris son de decadencia para la civilización hiperbórea.

Confieso que todo este sistema me encantó. No es mi propósito exponerleaquí. Paso volando sobre él y voy a mi asunto.

Digo, no obstante, que me encantó por dos razones. Es la primera lomucho que Francia me agrada. ¿Cuanto más natural es que el germen de lacivilización europea haya nacido y florecido, desde antiguo, en aquelferaz y riquísimo jardín, en aquel suelo privilegiado, que no en laMesopotamia o en las orillas del Nilo? Y es la segunda razón, la de quetengo amigos guipuzcoanos, que habrán de alegrarse mucho, si se pruebabien que su lengua y su casta fueron el instrumento de que se valió laProvidencia para acabar con la barbarie, iluminar el mundo y adoctrinara las demás naciones.

¡Cuánto se holgará de esto, si vive aún, como deseo, mi docto y queridoamigo D. Joaquín de Irizar y Moya, que ha escrito obras tan notablessobre la lengua vascuence, echando la zancadilla a los Erros,Larramendis y Astarloas!

Algo aprovechará él de las flamantesinvenciones para dar más vigor a su sistema, arreglándole de suerte quese ajuste y cuadre con la más perfecta ortodoxia católica.

Sea como sea, para mí es evidente que antes de que penetraran en Españalos celtas, los fenicios, los griegos y otras gentes, hubo en España unpueblo civilizado, que llamaremos los iberos. Este pueblo se extendíapor toda nuestra península, y aun tenía colonias en Cerdeña, en Italia yen otras partes, como Guillermo Humbolt lo ha demostrado. Eran vascos yhablaban la lengua euskara. La nación y estado más culto e ilustreentre ellos fue la república de los turdetanos, quienes, segúntestimonio de Estrabon, tuvieron letras y leyes y lindos poemas enverso, que contaban seis mil años de antigüedad. Ahora bien, losalfabetos celtibérico y turdetano, que ha reconstruido y publica donLuis José Velázquez, son muy modernos en comparación de la fechaanteriormente citada. Dichos alfabetos son un trasunto del fenicio o delgriego, y debe suponerse, por lo tanto, que antes de la venida a Españade griegos y de fenicios, los turdetanos tuvieron alfabeto propio, conel cual escribieron sus poemas y demás obras.

A mi ver, el Sr. D. Manuel de Góngora y Martinez ha tenido la gloria dedescubrir este alfabeto. Véanse las inscripciones que Osiris en sus Antigüedades prehistóricas de Andalucía, de la Cueva de los letreros y de otras cuevas y escondites, algunos de los cuales se hallan cercadel lugar de Villabermeja, lugar que yo he tratado de hacer famoso, asícomo a su más conspicuo habitante el Sr. D. Juan Fresco.

A corta distancia de Villabermeja hay un sitio, que apellidan elLaderon, donde cada día se descubren vestigios y reliquias de unaantiquísima y floreciente ciudad.

El erudito y sagaz anticuario D. Aureliano Fernandez Guerra prueba queallí estuvo Favencia, en tiempo de los romanos, ciudad que desde épocamuy anterior se llamaba Vesci.

Don Juan Fresco, excitada su curiosidad y estimulada su actividadinfatigable, desde que el Sr. Góngora, publicando en 1868 sus Antigüedades, le puso sobre la pista, se ha dado a buscar letreros en Cuevas escritas y en otros monumentos que hay cerca de Vesci, y los hahallado y reunido en mucha copia.

Emulo de Champollion Figeac, Anquetil Duperron, Burnouf, Grotefend,Oppert y Lassen, mi referido amigo D.

Juan Fresco cree haber descifradoestos garrapatos ibéricos primitivos, como aquellos otros sabios, loshieroglíficos, la escritura cuneiforme y demás reconditeces.

Yo no intento abogar aquí por el descubrimiento de mi tocayo y paisano ydemostrar que es evidente. Esto ya lo hará él en su día. Yo voy alimitarme a referir una historia que Don Juan Fresco dice haber leído enciertas inscripciones semejantes a las de la Cueva de los letreros.Entendidas las letras, parece que lo demás es llano, pues el idiomaibero primitivo es casi el vascuence de ahora.

Me pesa de no dar aquí la traducción exacta del texto original. DonJuan Fresco no ha querido comunicármela.

Haré, pues, la narración conlas pausas, explicaciones y comentarios intercalados que él la ha hecho.De otro modo no se comprendería.

La historia es relativamente moderna; pues, según mi amigo, todavía hande descubrirse leyendas e historias en lengua proto-ibérica, másantiguas y venerables que el poema egipcio de Pentaur sobre una hazañade Sesóstris o Ransés II, y que los poemas hallados por nuestro conocidoel diplomático Sr. Layard en la biblioteca de Asurbanipal en Nínive:poemas ya arcaicos ocho siglos antes de Cristo, y traducidos los más dela lengua sagrada de los acadies, entonces tan muerta como el latínahora entre nosotros.

Y esto no debe maravillarnos, porque según Roisel, en Los Atlantes,toda cultura viene de éstos, antes de que la hubiera en Caldea, enAsiria, en Egipto o en punto alguno de Oriente.

Es una lástima que no tengamos aún documentos del siglo de oro o de lossiglos de oro de la literatura atlántica parisina, de hará unos ocho milaños, ni de la emanación bética de aquella cultura, implantada a orillasdel Guadalquivir por los turdetanos.

El documento hallado, descifrado, explicado y comentado por Don JuanFresco es de época relativamente fresca: como si dijéramos de ayer demañana. Ya la cultura ibérica indígena había decaído, y España se veíallena de colonias fenicias y aun griegas. Los de Zazinto habían yafundado a Sagunto, y hacía más de un siglo que habían fundado los tiriosa Málaga, Abdera, Hispalis y Gades. Era por los años de 1000, antes denuestra era vulgar, sobre poco más o menos.

II

Vesci era una ciudad importante de la confederación de los túrdulos. Enel tiempo a que nos referimos, los vescianos tenían ya la misma calidadque a sus descendientes del día les ha valido el dictado de bermejinos:casi todos eran rubios como unas candelas.

Descollaba entre todos, asípor lo rubio como por lo buen mozo y gallardo, el elegante y noblemancebo Mutileder.

Disparaba la honda con habilidad extraordinaria ymataba a pedradas los aviones que pasaban volando; montaba bien acaballo; guiaba como pocos un carro de guerra; sabía de memoria losmejores versos turdetanos y los componía también muy regulares; con ungarrote en la poderosa diestra era un hombre tremendo; con las mujeresera más dulce que una arropía y más sin hiel que una paloma; corríacomo un gamo; luchaba a brazo partido como los osos, y poseía otramultitud de prendas que le hacían recomendable. Casi se puede asegurarque su único defecto era el de ser pobre.

Mutileder, huérfano de padre y madre, no tenía predios urbanos nirústicos, vivía como de caridad en casa de unos tíos suyos, y en Vescino sabía en qué emplearse para ganarse la vida. Era un señor, comovulgarmente se dice, sin oficio ni beneficio.

Frisaba ya en los veinticuatro años, y harto de aquella vida, y ansiandover mundo, pidió la bendición a sus tíos, quienes se la dieronacompañada de algún dinero, y tomando además armas y caballo, salió deVesci a buscar aventuras y modo de mejorar de condición.

Como Mutileder tenía tan hermosa presencia, y era además simpático yalegre, por todas partes iba agradando mucho. Los sugetos de suposicióny campanillas le convidaban a bailes y fiestas, y las damas másgraciosas y encopetadas le ponían ojos amorosos; pero él era bueno,pudibundo e inocentón, y nada útil sacaba de todo esto. El dinero que ledieron sus tíos se iba consumiendo, y no acudía nuevo dinero areemplazarle.

Así, deteniéndose en diferentes poblaciones, como, por ejemplo, enIgábron; pasando luego el Síngilis, hoy Genil; entrando en la tierra delos turdetanos, y parando también en Ventipo, llegó a un lugar de losbástulos que se llamaba entonces Aratispi, y que yo sospecho que ha deser la Alora de nuestros tiempos, tan famosa por sus juegos llanos.Allí tenía Mutileder una prima, que era un sol de belleza, con diez yocho años de edad, y más rubia que él, si cabe. Esta prima se llamabaEcheloría. Su padre, viudo y muy rico, la idolatraba.

Mutileder y Echeloría eran de casta ibera purísima, sin mezcla alguna deceltas ni de fenicios. Sus familias, o mejor diré su familia, pues erauna misma la de ambos, se jactaba, no sin fundamento, de descender delos primitivos atlantes, que habían emigrado muchos siglos hacía, cuandose hundió en el mar la Atlántida, y que, yendo unos por mar siempre,habían llevado a Egipto la cultura, mucho antes de la civilizadoraexpedición de Osiris, mientras que otros, conocidos después con elnombre de hiperbóreos, desembarcando en Francia, habían difundido la luzy fundado florecientes Estados, caminando hacia Oriente hasta más alláde las montañas Rifeas, e influyendo, por último, en el despertar a lavida política y culta de los arios y de los semitas.

En suma, Echeloría y Mutileder eran dos personas ilustres y dignas deserlo por su mérito.

Apenas se vieron, se amaron... ¿Qué digo se amaron? Se enamoraronperdidamente el uno de la otra y el otro de la una.

El padre de Echeloría, que no tenía nada de lerdo, notó en seguida elamor de la muchacha y procuró acabar con él, porque el primito no poseíaotro patrimonio que su apasionado corazón; pero Echeloría estabaprendada de veras, y el padre, que en el fondo era un bendito, se avinoy se resignó al cabo a que Mutileder aspirase a ser su yerno.

Ambos amantes se juraron eterna fidelidad. «Antes morir que ser deotro», dijo ella. «Antes morir que ser de otra», respondió él. Y estapromesa se hizo repetidas veces y se solemnizó y corroboró con losjuramentos más terribles.

Después de esto, ¿qué remedio había sino casar cuanto antes a los primosnovios? Así lo resolvió el padre, y se empezaron a hacer lospreparativos para la boda, que debía verificarse en el próximo otoño.

Era ya el fin de la primavera, y en aquellas edades antiquísimassucedía lo propio que ahora que a la primavera seguía el verano.

Aratispi era lugar más bonito que lo es Alora al presente.

En tornohabía, como hay aún, fértiles huertas y frondosos y siempre verdesbosques de naranjos y limoneros; pero los cerros que limitaban aquelvalle amenísimo, en vez de estar pelados, como ahora, estaban cubiertosde encinas, alcornoques, algarrobos, castaños y otros árboles, entrecuyos troncos y a cuya sombra crecían brezos, helechos, tomillo,mejorana, mastranzo y otras plantas y hierbas olorosas.

Era tal entonces la generosidad de aquel suelo, que las palmas enanas,que hoy suelen cubrirle y que apenas sirven para más que para hacerescobas y esportillas, se alzaban a grande altura, mientras que lascrestas más empinadas de los montes, calvas ahora, se veían cubiertas deuna verde diadema de abetos, de pinos y de cipreses.

A pesar de todo, fuerza es confesar que en verano hacía entonces enAratispi un calor de todos los demonios.

Echeloría quiso, con razón, tomar algunos baños de mar, y su padre lallevó a un puerto muy bonito, cerca de Málaga, que D. Juan Fresco y yocalculamos que debió de ser Churriana.

Naturalmente Mutileder fue a Churriana también, acompañando a su futura.

Los primos estaban como dos tortolitas, arrullándose siempre. Mientrasmás miraba él a Echeloría, más linda y angelical la encontraba y másmelifluo se ponía con ella. Y

mientras más miraba Echeloría a Mutileder,mayor número de perfecciones y de excelencias hallaba en él.

Pues no digamos nada, porque sería cuento de nunca acabar, de la mutuaadmiración que nacía en ambas almas al considerar el talento o lahabilidad del objeto de su amor.

Cada pedrada que tiraba Mutiledermataba un pajarillo y partía el corazón de Echeloría, a fuerza deentusiasmo. Y

Echeloría, por su parte, a más de encantar a Mutileder conlos cantares que sabía entonar, le había hecho una honda de pita, tanllena de sutiles y primorosas labores, que él se quedaba horas enterasembobado contemplando la honda.

Los dos enamorados gozaban de la más completa libertad y se iban solosde paseo por aquellos vericuetos y andurriales; ya por la orilla delresonante mar; ya por los encinares y olivares que vestían aquellosalcores; ya por los verjeles, sotos y alamedas del valle, regado por unriachuelo cristalino. Pero uno y otro eran tan como Dios manda, que apesar de lo mucho que se querían, no se propasaron nunca a otra cosasino a estrecharse afectuosamente las manos, y una o dos veces a lo más,a consentir ella en recibir un casto beso en la tersa y cándida frente,y a lograr él estamparle.

La suma virtud y exquisita delicadeza de estos primos lo ponía todo enreserva para el día dichoso en que la religión y las leyes consagrasensu unión indisoluble.

Entre tanto se decían doscientas mil ternuras a cada momento. «Tu nombrees un sello que he puesto sobre mi corazón», exclamaba Echeloría. «Micorazón es tuyo para siempre: antes dejará de latir que de amarte a tisola», contestaba Mutileder.

En estos coloquios se pasaban las horas, y de continuo estaban juntosambos amantes, menos cuando Echeloría se retiraba a dormir al lado de suanciana nodriza y en estancia muy resguardada, o bien cuando iba a laplaya a bañarse; pues entonces, a fin de evitar el qué dirán y lasmurmuraciones, Mutileder no se bañaba con ella, tal vez por no usarseaún trajes de baño, tan complicados y encubridores de las formas comolos que se llevan ahora en Biarritz y en otros sitios.

III

Málaga era ciudad fenicia de mucho comercio. Casi competía con Cádiz. Supuerto estaba lleno de naves tirias, pelasgas, griegas y etruscas. Ensus tiendas se vendían mil primores traídos de lejanos países: telas delana, teñidas de púrpura en Tiro; joyas de oro, hechas en Ménfis, enSais y en otras ciudades egipcias; piedras preciosas y tejidos dealgodón del Indostán; alfombras de Persia, y hasta sedería del casiignorado país de los Seras.

Echeloría fue a Málaga varias veces, con su padre y con su novio, arecorrer dichas tiendas y a comprar galas para el suspirado día delcasamiento.

Hallábase a la sazón en Málaga uno de los más audaces y sabios marinosque había entonces en el mundo: el célebre Adherbal.

Acababa de hacer una navegación felicísima, y su nave se parecía,anclada en el puerto, cargada de estaño, ámbar, hierro, pieles dearmiños y de castores, y otros objetos de valor que él había ido abuscar a las costas de Francia, Inglaterra y otras regiones del Norte deEuropa, a donde sólo los fenicios se aventuraban a llegar en aquellaépoca.

Adherbal pensaba volver pronto a Tiro; pero antes debía tomar en Málagacobre, vino, azogue y oro en polvo de las arenas de nuestros ríos,dejando allí en cambio parte de su cargamento.

Paseando un día por el muelle vio Adherbal a Echeloría, y al verla jurópor Melcart y por Astoret, como si dijéramos por Hércules y por Venus,que jamás había visto criatura más linda y salada. Ganas tuvo dellegarse de súbito a la muchacha y de soltarle el pavo, esto es, dedecirle sin ceremonia sus atrevidos pensamientos: pero Mutileder iba allado de ella, mirando receloso a todas partes, con la barba sobre elhombro, en actitud desconfiada y hostil, y blandiendo un enorme y fierogarrote.

La prudencia refrenó los ímpetus del marino fenicio.

Bastaba ver derefilón a Mutileder para hacerse cargo de que era capaz de deslomar acualquiera de un garrotazo, si llegaba a descomponerse un poco con lahermosa y cándida Echeloría.

Adherbal, como queda dicho, era prudente, pero era obstinado también,emprendedor y ladino. Echeloría no produjo en él una impresión fugaz yligera, sino profunda y durable. Así fue que determinó averiguar quiénera y dónde vivía, y lo consiguió con discreción y recato.

Dos o tres veces fue después a caballo a Churriana con disimulo, yvolvió a ver a la niña, quedando cautivo de su singular donaire.

Por último, por medio de personas listas del país, se informó de la vidade Echeloría, supo que iba a casarse con Mutileder, y no quedó pormenorde que no llegase a tener cabal noticia.

Con estos elementos formó Adherbal un plan diabólico, el cual le salióbien, como por desgracia salen bien casi todos los planes diabólicos.

Una mañana muy temprano levó anclas su nave y zarpó del puerto deMálaga, después de despedirse él para Tiro.

Fuera ya la nave del puerto,se quedó, muy cerca de la costa, hacia el Oeste, dando bordeadas comopara ganar mejor viento. Así trascurrieron algunas horas, hasta quellegó aquélla en que la gentil Echeloría bajaba a bañarse en la mar.Entonces saltó Adherbal en una lancha ligerísima con ocho remerospujantes y otros dos hombres de la tripulación, grandes nadadores ybuzos, y de los más ágiles y devotos a su persona. Con la lancha seacercó cautelosamente, ocultándose en las sinuosidades de la costa y alabrigo de las peñas y montecillos, hasta que llegó cerca del lugar dondeEcheloría se bañaba, creyéndose segura y con el más completo descuido.Los nadadores se echaron entonces al agua, zambulleron, surgieron deimproviso donde Echeloría estaba bañándose, se apoderaron de ella apesar de sus gritos, que pronto terminaron en desmayo causado por elsuato, y en aquella disposición, hermosa e interesante como una ondina,se la llevaron a la lancha, donde Adherbal la recibió en sus brazos, yluego la condujo a bordo de su nave. Ésta desplegó al punto todas susvelas, y aprovechándose de un viento fresco de Poniente, que acababa deleva