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Crónicas de Marianela

Un personaje novelesco de Anatole France (creo que es el bondadosofilósofo señor
Bergeret) dice que el amor es como la devoció; llega unpoco tarde: «no se es amorosa
ni devota a los 20 años».
La observación es exacta. El amor, en realidad, es un fanatismo, una delas tantas
formas de la exaltación fanática. Ahora bien: parafanatizarse es necesario que el
espíritu esté formado y que nuestrasideas estén muy hechas, muy elaboradas. Ni el
tierno doncel, como sidijéramos el cadete, ni la señorita, la niña, que acaba de
asomarse almundo, tienen la aptitud del fanatismo. Es un error creer que los años yla
experiencia evitan que nos fanaticemos. Ocurre, precisamente todo locontrario. La
experiencia y los años nos aferran a determinadas ideas ydan consistencia definitiva a
ciertos sentimientos.
Pero dejemos los demás fanatismos para ocuparnos del fanatismo amoroso,de ese
sentimiento de exaltada firmeza, de perennidad indestructible,que nos lleva a entregar
a otro corazón el reinado sobre el nuestro.¿Cuándo se produce de modo integral, con
las potencias todas de nuestroquerer, con la embriaguez absoluta de nuestro espíritu,
esta adoración,en que, usando la pompa verbal de Víctor Hugo, «el amor es
laconcentración de todo el universo en un solo ser y la dilatación de estesolo ser hasta
Dios»?
Porque es menester no confundir el amor con su apariencia. Al saltar dela niñez a la
pubertad, le ocurre a la mujer lo que a la mariposa alsalir de su estado de crisálida.
Sus primeros vuelos son inciertos,aturdidos, inseguros. Las alas son tiernas, débiles, y
no han adquiridoaún el sentido de orientación. Y lo mismo para volar que para amar
esrequisito indispensable cierto grado de robustez en las alas.
El origen de nuestras desventuras en la vida está en que la sensibilidades más
precoz que el entendimiento. Lo que más falta nos hace esprecisamente lo último en
formarse. La mente es impotente para regir laconfusión tumultuaria de nuestras
primeras emociones en su incierto yatorbellinado vuelo. Y así venimos a ser juguetes,
como barquichuelo singobierno, del oleaje de nuestras sensaciones. El naufragar o
arribar abuen puerto depende entonces, no de la seguridad de nuestra brújula,sino del
hado favorable o adverso, independiente de nuestra voluntad yde nuestra orientación
reflexiva.
A los diez y ocho o veinte años la mujer se impresiona fácilmente. Peroesta
impresión suele ser fugaz, versátil, inconsciente. El error está entomarla por
definitiva, esclavizándose a una emoción pasajera. Elacierto electivo en este caso está
librado al azar, a que la casualidadhaya determinado que ésta primera emoción nos
haya sido provocada porpersona que realmente lo merezca. Y la elección de marido,
como laelección de esposa, no debe ser una lotería. «Saqué novio de tal baile»es una
frase corriente entre las muchachas. No, no; no hay que sacarseel novio de una vuelta
 
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