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Crónicas de Marianela

LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA
Mi protegida Inesilla—ya os he hablado varias veces de ella—vino averme la otra
tarde. Apenas entró en casa, noté en su gracioso semblantecierta turbación, un estado
de inquietud y desasosiego que me alarmaron.
—¡Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que amí me
pasan no le pasan a nadie!...
Y rompió a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa.
—¡Muchacha! ¡Me alarmas! Sosiégate, ¿Qué te pasa?...
—¡Es horrible, horrible! ¡Quisiera no haber nacido!...
—¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tupresencia en él.
Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas. Siéntatey... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede?
—Que se me ha declarado... ¡ay de mí!...
—¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero ¿quién?
—¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!!
—¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se trataba de algunadesgracia.
—¿Y le parece a usted poca desgracia?—dijo llorando y riendo a untiempo,
momento de transición en que mi protegida se tornaverdaderamente divina.
—No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey nada menos! sea causade
aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morganático.
—Sí, ríase usted...
—Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas.
—Gracias, gracias.
—Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese graciosísimo pico queDios te ha
dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la cosa!...
—Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación que tuvimos al otrodía de la
fiesta que dió usted para presentar en sociedad a sus sobrinasCarmen y Lucía?
Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés agrega con verbarápida:
—¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había un ciprés que meperseguía y
que...?
 
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