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Crónicas de Marianela

que quizá aquella malhadada croniquilla queescribí, relatando la conversación que
tuvo conmigo, haya podido influiren la postergación de un hombre de los méritos
agrícolas de Eleuterio.
En el «buffet», Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hacelos honores
de la casa, con la discreción, la finura y el buen gusto enella habituales. Los
embajadores y diplomáticos besan su mano al entrar.Esta costumbre, tan arraigada en
los altos círculos sociales europeos,es objeto de controversia entre el elemento
argentino que circula porlos pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinión definitiva
sobre estepunto. Me parece, sin embargo, que no arraigará entre nosotros estaforma de
rendir homenaje a la mujer.
La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito«Vadarkblar». Existe
un detalle que hace subir la cotización. Su dueñoha asistido siempre a las carreras con
indumentaria democrática, de sacoy sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y
galera, con el empaqueelegante de quien está seguro de concentrar las miradas.
Esta«paquetería» en un hombre habitualmente sencillo y demócrata, aunqueadversario
de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. «Vadarkblarganará»—repite todo
el mundo;—el jaquet y la galera del propietarioson prendas de seguridad. Corre la
voz, y, en vista de estos signosinfalibles, la cotización sube como la espuma. «Es una
fija». Yo me fijotambién en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador,
meanimo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento
ciertoremordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventajasobre los
de la tribuna popular, porque ellos no han visto, comonosotros, al propietario, y les
falta, por lo tanto, este «dato» segurodel jaquet y la galera, infalibles detalles de
ganador que nos ofrecenuestro distinguido y simpático consocio. Pero en las carreras,
como enlos demás juegos, es difícil no prevalerse de cualquier circunstanciafavorable,
de cualquier ventaja más o menos legal. Tiendo mi vista conlástima a toda la colosal
muchedumbre de la tribuna popular.¡Pobrecitos, no saben nada! Sólo aquí, en la
tribuna del Jockey, estamosen el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el
guante.«¡Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar!» Y haciendo una confusiónlamentable
entre política y carreras, añado: «¡No hay que hacerle; losradicales se lo llevan todo
por delante! ¡No se puede con ellos!»
¡Ay, nuestro favorito derrotado! «Vadarkblar» sólo da que hablar comoperdedor.
He estrujado mis boletitos. ¡Y yo que creía tan seguro el«dato» del jaquet y la
galera!...
Al salir para tomar nuestro automóvil nos cruzamos con un amigo. «¿Y...cómo les
fué?»
—¡Al tacho!—responde mi marido.
Yo le aprieto el brazo y le digo: «¡Jorge, qué palabra taninelegante!...»
 
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