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Crónicas de Marianela

sociedad naciente, en losescultores de un nuevo pueblo; y luego, ya muertos, fueron,
son y serán,por los siglos infinitos, los dioses penates de la patria. Fijaros enesos
provincianitos pobres que estudian, que sufren y se desvelan; queantes de figurar en
los salones, prefieren conquistar un puesto en lasactividades intelectuales del país. En
sus manos caerán un día lascosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un
alto ypermanente valor en la vida y en la historia. Estos otros jóvenes quehabéis
conocido son ahora ricos en dinero, que no en ideas ni enespiritualidad; tampoco lo
serán mañana en dinero, pues su vidadispendiosa y absurda lo hará volar. Junto a tales
hombres la vida deuna mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su porvenir negro.
Huidde ellos, huid de esas cabecitas de ciprés en que todo es oquedad,insustancia,
vacua mentecatez, tilinguismo ¡huid, huid!...»
Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto mohinas. No sé si meharán caso. Lo
dudo...
INES Y LOS CIPRESES
Al día siguiente de la fiesta que dí en mi casa para presentar ensociedad a mis
sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a visitarme y adarme las gracias por haberla
invitado.
—¡Qué dices, muchacha!—exclamé—¡las gracias te las debo a tí porhaber asistido
y haber honrado mi casa con tu graciosísima presencia!
Y la di un apretado beso, expresión efusiva de mi hondo cariño.
—No diga usted eso, señora.
—Ya te he dicho muchas veces que no me llames señora; llámameMarianela, con
absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yocomparto mi cariño entre
mi marido, mi hijo y tú. Ya lo sabes.
—Yo también la quiero a usted mu...
La pobrecilla no pudo terminar. Se abrazó a mí, diciéndome con sucongoja lo que
no pudieron expresar sus labios.
—Vamos, vamos... siéntate. Hijita, eres sensible como una flor delaire. No se te
puede decir nada. Y el caso es que yo también... Bueno,bueno, siéntate. Charlemos
alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos amurmurar un poquito. ¿Qué te parecieron
los cipreses?
—¿Por qué los llama usted cipreses?
—¿No te parece bien puesto el nombre?
 
 
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