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Crónicas de Marianela

Después del mate al rey, sigue en importancia desastrosa el jaque a lareina. En la
defensa del rey y la reina se cifra, por lo tanto, toda laestrategia del ajedrez. Pero
aunque la similitud entre el ajedrez y lasbatallas humanas, político-militares, es muy
grande, existe, sinembargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro
mecanismode unos muñecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez,
elrey y la reina se mueven con el mismo propósito: dar jaque-mate al otroreinado; es
la lucha del matrimonio de monarcas blancos contra elmatrimonio de monarcas
negros. La lucha es clara, simple, aparte lacomplejidad de los accidentes de la batalla
ajedrecista. No ocurre asíen la vida. En una conflagración de muchos tronos y de
muchos pueblos,puede ocurrir—ocurre con frecuencia—que los deseos y simpatías
del reyy de la reina no sean coincidentes por razones de parentesco, de raza,de
educación, hasta de capricho, pues no hay que olvidar que losmonarcas tienen las
mismas pasiones que los demás mortales, pequeñodetalle que nos hace dudar de su
origen divino. A veces sus pasiones soninferiores a las más comunes y vulgares. Por
eso ha dicho un clásicoescritor francés, gran ironista, que es más fácil estar por
encima delos reyes que a su altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen sucírculo
palatino: políticos, militares, gentilhombres, azafatas,cortesanos, etc., los cuales se
dividen entre los anhelos de la reina ylos anhelos del rey. He aquí embarullada,
confundida, anarquizada lapartida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos, torres y
peonestiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se torna enencrespado
bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabiduría,alude en el Eclesiastés a
estas desavenencias reales: «Los pecados yerrores de los príncipes destruyen y
trastornan los Estados y los hacenpasar a manos extranjeras». (Perdonadme que
mezcle el ajedrez, los reyesy la Biblia. Las personas de poca erudición, como yo,
hacemos siempreun pequeño baturrillo con lo poco que sabemos.)
Todas las monarquías son de origen cosmopolita. Ningún rey, ningunareina, tienen
la sangre pura del pueblo en que reinan. Como se casansolamente entre sí, porque la
ley prohibe el matrimonio morganático,resulta que los verdaderos extranjeros en todo
pueblo son el rey y lareina. Así, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen
detodos los colores. La pureza sanguínea está mejor fijada en los caballosde carreras.
El diverso origen del rey y de la reina hace que sus tendencias, deseos,ideas, gustos,
sentimientos, humor y emociones sean distintos. Lospríncipes reinantes de cada país
derivan de los diversos tronosconflagrados. Y así, al tratarse de entrar o no entrar en la
guerra, lareina puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En lascuatro
monarquías balkánicas, en ese trágico tute de reyes, ha debidoocurrir algo de esto. La
historia lo aclarará, si es que la historiaaclara algo.
Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo tiempo que rey, esmarido, sujeto,
por lo tanto, a las mismas influencias, peripecias ycontingencias, buenas y malas, de
todo marido. En los palacios realespasan las mismas cosas que en otra casa
cualquiera, y a veces peores.Napoleón, por ejemplo, el único emperador por derecho
 
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