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Crónicas de Marianela

—Sí, sí; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no sabiendo ya qué hacer, mefuí al
Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club.
—¿Y se lo dijiste luego a él?
—Sí. ¿Y sabes lo que me contestó? Que otro día le pida a la vez quegane el premio
internacional Torbellino, un caballo que ha comprado ycon el cual sueña a todas
horas. ¡Ay, Marianela, yo no sé qué va a serde mí! ¡Ese Jockey!... ¡Ojalá se hunda!
¡Ojalá se quiebren las patastodos los caballos de carreras!...
Con estas maldiciones hípicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita,que tiene
fáciles las lágrimas y no menos fácil tiene la risa.
DESAVENENCIA TRASCENDENTAL
Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidadinalterable desde
el día en que el amor nos unió con la bendición delaltar y la sanción de la ley. Por
cierto que he recibido algunas cartasen que, si no censura, había cierta extrañeza por
hablar yo de mimarido en estas crónicas superficiales, deleznables y pasajeras.
¿Porqué la extrañeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creoque lo que
mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobrelo extraño y lejano, sino
sobre lo que está más cerca, sobre cuanto nosrodea y nos es propio. Como mejor se
ven las cosas no es con telescopioni con microscopio, sino con los ojos de la cara,
directamente. Todocristal para prolongar la vista deforma los objetos. Así, pues,
estoyconvencida de hablar de mi corazón con más acierto que sobre el corazónde los
demás, y tengo también la evidencia de que comprendo y expongomejor lo que pasa
en mi recogido hogar que aquello que está sucediendoen los dilatados ámbitos del
universo. Creo además que, partiendo de loparticular e inmediato, se ve mejor lo
general, mientras que,procediendo a la inversa, quizá no logremos ver ni lo uno ni lo
otro, nilo general ni lo particular. Y en último caso procedo así porque mialicorta
inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeñasfacultades de observación
no pasan del reducido mundo que me rodea, demi casa, de mis amigas y del centro
social en que—por dicha mía—me hatocado nacer y vivir. Pero abandonemos este
tema. Creo que lo dichobasta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y
amablescomunicantes. Y vamos a nuestro asunto.
Jorge, mi marido—lo diré una vez más,—es un hombre adorable. Todapalabra
humana es pálida para revelar la intensidad de mi cariño. Antesu presencia mi corazón
es un altar encendido para adorar su bondad, sunobleza y su inteligencia. Sin
embargo, la otra noche, en la mesa, hemosdisputado por primera vez, amablemente,
eso sí, pues no podía esperarseotra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun
estando endesacuerdo, me inspira siempre la palabra cortés y discreta de mimarido.
 
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