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Crónicas de Marianela

La civilización tiene su origen en un vasto conjunto de temores, desdelas leyes
escritas hasta las prácticas sociales. Al temor a lamurmuración debemos en gran parte
la lenta y trabajosa perfección denuestra conducta. El ejercicio de la murmuración
tiene sus dificultades:hay que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hábil
deexpresión. De lo contrario el murmurador, en lugar de crucificar a losdemás, se
crucifica a sí mismo.
Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras. Yo no creo que
existaabsolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las que
murmuranpoco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Además, no haytal
virtud en no murmurar, ya que de la murmuración general, como hemosdemostrado,
surge el progreso de las costumbres, como de la críticaestética dimana el progreso de
la belleza. El mundo todo es un continuorumor murmurador. Dios lo hizo en seis días
y lo entregó a lamurmuración de sus hijos por los siglos inacabables.
LOS SECRETOS
El abate Delille, traductor de las «Geórgicas» y autor de «Los jardines»y de un
ditirambo para la fiesta del Sér Supremo, en los turbulentosdías de la Revolución
Francesa, era un hombre dulce e ingenioso. Un díaquiso sorprender a la Academia
Francesa, en la cual entró en 1774,leyendo unos versos de carácter virgiliano. El buen
abate deseabamantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla;
perole costaba mucho contenerse. La víspera de la recitación encontróse conun amigo
y le expresó así sus temores sobre su pequeño y poéticosecreto: «Quisiera que nadie
lo supiese de antemano; pero temo decírseloa todo el mundo».
En estas pocas e ingenuas palabras del abate Delille está encerrado elsecreto de la
propagación de los secretos.
¿Por qué nos cuesta tanto guardar un secreto? Muchas son las causaspsicológicas
que nos impulsan a la revelación. La primera de todasestriba en que un secreto es una
especie de carga, de la cual sólo noslibramos soltándola en otros oídos. La misma
razón que tuvo quien nostrasmitió el secreto la tenemos, a nuestra vez, para
trasmitirlo. «Se lodigo a usted en secreto». Esta frase tan generalizada es una
verdaderaparadoja, pues una vez comunicado deja de existir el secreto en
nuestraconciencia. En realidad, un secreto es un pequeño martirio, un pequeñocilicio,
un leve hormigueo de la memoria, una ligera y constanteinquietud del espíritu. En
medio de la multiplicación de nuestras ideas,de sus vuelos y revuelos, de nuestros
anhelos diarios, de nuestrosquehaceres, de nuestras tristezas y alegrías, el secreto está
clavado ennuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta fijeza,esta
permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnosde este estorbo.
Y ello no se logra más que con el olvido. Ahora bien:para olvidar una cosa, el único
medio eficaz es comunicarla. Así, pues,los secretos van corriendo de boca en oído por
 
 
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