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Crónicas de Marianela

quéhacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se las compongan comopuedan,
ayudándolos, eso sí, ¿cómo no va una a ayudar a sus hijos? conalgunos pesos, no
muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros andamosmuy boyantes; pues Eleuterio
se metió los otros años, cuando el barullode los terrenos, en algunas especulaciones, y
al venirse todo barrancaabajo, como él es así, ha pagado a todo el mundo y nos hemos
quedadomedio en la calle. Yo le decía que hiciera como los demás; pero
¡quéesperanza! Siempre me respondía lo mismo: «Ante todo el deber, Petrona».Claro
que el deber es el deber; pero también quedarse medio fundidoscuando los demás,
hijita, hacen lo que hacen, tratando de salvarse,aunque haya que clavar a medio
mundo...
—No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar.
—Hijita, no sé cómo. Si Eleuterio fuera a Agricultura, sí, searreglaría todo; porque
estando él en el gobierno nadie se atrevería amover a mis yernos. Pero, hijita, no se
sabe nada; no hay manera desaber nada. ¡Qué cosa! ¿no? ¡Es una cosa tremenda!
Luego, Eleuterio esasí; no da un paso; no hace ninguna gestión; espera tranquilo.
Cuando yole hablo del asunto mueve la cabeza con incredulidad. «Pero si todo
elmundo lo dice», agrego yo. Y él responde: «En nuestro país, todo elmundo es el
Presidente». Y no dice más. Se encierra y se pone a leerunos libros muy grandes en
que hay pintadas plantas de trigo y de maíz,ovejas, vacas y caballos, arados y
máquinas. Bueno, Marianela, me voy.
Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir.
—Todo se arreglará—repito, por vía de consuelo.
—Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay manera de sabernada. Y es
terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna parte.
PEQUEÑA DEFENSA DE LA MURMURACION
Toda la humanidad condena la murmuración y toda la humanidad la ejercecon
gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no ha murmuradoen su vida;
nadie tampoco puede asegurar que se vió libre de lamurmuración de los demás. En
esto somos todos, simultáneamente,victimarios y víctimas, roedores y roídos. La
condición murmuradora debetener raíces muy hondas en el espíritu humano cuando
ha resistido lacrítica de los filósofos y moralistas de todos los siglos y sigueresistiendo
con toda lozanía la condenación general.
La murmuración es, ante todo, una cosa agradable. No hagan aspavientosni
remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar: todas murmuramos,y la vida sin
murmuración sería aburridísima y tediosa. Quedamos, pues,en que es agradable
murmurar. Ahora bien: ¿es conveniente? Yo creo quesí. No se escandalicen mis
 
 
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