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Crónicas de Marianela

vayamos por unos días?»—«No me aburro—le digo;—nohay tal nostalgia; me hallo
muy contenta. Estando a tu lado, me sobratodo el mundo».
Yo sé que él no quiere volver hasta que podamos brillar como antes yocupar la
misma posición. Y aunque algunas veces—la verdad—se apoderade mí cierta
melancolía, la venzo al instante y me muestro alegre,satisfecha y feliz con esta vida.
Es necesario que encuentre en mí unfirme apoyo y un fuerte estímulo para realizar su
ideal. Después detodo, lo hace por mí más que por él. Además, en los disparates
hechos,la culpa fué mía tanto como suya, quizá más mía. Así, pues, quietosaquí,
cuidando vacas y ovejas, gallinas y patos, y cantando la pira...
Estuve tentada de irnos una semana a Buenos Aires para asistir al baileque dió el
Intendente. Me escribió Matilde, diciéndome que Adela me ibaa mandar invitación y
que no faltara. Vacilé; pero, al fin, resolvíquedarme. Y ahora me alegro, pues según
me dicen las de Arnedillo en unalarga carta, el baile fué un fiasco completo, aunque
parece que hubomucha «gente». Además, el ambigú estuvo servido de una
maneradeplorable. Figúrate que el Presidente de la República tuvo que ir almostrador
para poder tomar una copa de champaña. Si nada menos que elPresidente tuvo que
andar así, ¿cómo andarían los demás? Es verdad que,como don Victorino está por
caer, ya nadie le hará caso. El mundo, sobretodo el mundo de frac, es
desvergonzadamente exitista. Los gauchos sonmás piadosos y tiernos con el árbol
caído. Un Presidente, cuando estápor caer, ya no está sobre nadie, y depende de todos.
¡Pobre donVictorino, viejo, pesado, con su humanidad tan densa, tan
maciza,rebulléndose para alcanzar su copa! Pero el hombre, como buen gaucho alfin,
llegó hasta el mostrador. Don Victorino es de los que han sabidollegar a todas partes.
A mí me es muy simpático.
Bueno; ya he charlado bastante. Ricardo te envía un saludo y yo mi mejorabrazo.—
Rosalía
Sólo me resta pedir disculpa a mi amiga Rosalía por lanzar su carta alos cuatro
vientos de la publicidad. Lo hago porque, aparte el pequeñochismorreo final, la carta
encierra una enseñanza y revela las mejoresvirtudes que pueden adornar a una mujer.
EL ARTE DE ESTAR ENFERMA
Señora Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora.
«Los Carpinchos».
Mi buena y queridísima amiga: debo comenzar por pedirte dos vecesperdón:
primero por haber lanzado a los cuatro vientos de la publicidadtu sabrosa carta desde
«Los Carpinchos», contando con singular donaireexpresivo tus cuitas, las volteretas
de vuestra fortuna, tu excelenteconformidad, el brío emprendedor de Ricardo en la
 
 
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