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Crónicas de Marianela

adquieren una importancia fundamental; elgracioso lunar, el rizo juguetón, todo
aquello que constituye supersonalidad, su diferenciación de las demás señoritas que
también sepresentan en sociedad, adquieren un relieve preponderante y definitivo.El
lunarcillo y el ricito son invencibles; nada, nada, ¡invencibles!...
Una ligera inquietud invade el espíritu de mamá. Es necesario que lapresentación
cause buen efecto. Está en ello comprometido el buen gustoy el tino educador de
mamá. La señora ha leído a Carmen Sylva, la buenay discreta reina rumana, y repite a
su hija estas palabras que puedenservir de norma en una presentación en sociedad:
«La tontería se colocasiempre en primera fila para ser vista; la inteligencia se coloca
detráspara ver». Y luego agrega por cuenta propia: «discreción, hija mía,compostura,
sosiego; mide lo que dices; más vale que peques porcortedad».
Papá también está un poco impresionado. Cree, como Terencio, que lasmujeres,
igual que los niños, se corrigen con leves sentencias. Y apuntaalgunas apropiadas al
caso. «La señorita silenciosa parece mejor que lalocuaz». El discreto señor hace
algunas observaciones filosóficas sobrela coquetería. A su juicio la coquetería no
tiene más fin que hacersubir las acciones de la belleza. Pero el prudente papá advierte
que esnecesario tener sentido de la medida; no hacerlas subir demasiado,porque
pueden caer de golpe una vez descubierto que se abusa del recursopara hacerlas subir.
Papá agrega otros razonamientos graves, discretos,oportunos. «No hay que ser
criticona», dice. Y volviéndose a la esposa,agrega: «Según Schiller, la mujer tiene
ojos de lince para ver losdefectos de las demás mujeres». Y luego agrega por cuenta
propia: «Loshombres nos enteramos de los defectos de una dama por otra dama;
peroadquirimos mala idea de quien nos suministra la información».
Ya la señorita está ataviada: un traje primoroso realza su figura:primor sobre
primor. «Está elegantísima», observa la señora al esposo.«Sí, sí, dice éste, muy
elegante, muy linda». Y recordando las palabrasde un pedagogo argentino agrega:
«Pero hay que ser también «paqueta» pordentro: que a la figura elegante no
corresponda un espíritu deforme». Laseñora confía en que la niña será siempre muy
buena. «Es nuestra hija»,termina. «Es verdad,—asiente el padre conmovido—; será
buena, porquees nuestra hija».
Entre observaciones, besos y mimos, la señorita, llena de alegría y deilusiones, se
dispone a presentarse en sociedad.
EL MATRIMONIO
Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la tumba del amor. Por esosin duda
los diversos poetas que han cantado la vida de Don Juan nocasan nunca a su héroe. No
han querido someter a prueba su capacidadamorosa ni la consistencia de su
sentimiento.
 
 
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