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Crónicas de Marianela

era que se había quedado triste y serio, melancólico y apenadoen mi compañía, que
fué siempre su mayor alegría. Una ola de lágrimas seagolpaba a mis ojos y un nudo de
angustia cerraba en mi garganta el pasoa toda palabra.
Se puso a leer un libro de filosofía alemana, uno de esos libros que,por su profunda
aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo advertía queno se enteraba de nada, tanto
por la propia oscuridad del libro (creoque era de Kant) como por su estado de ánimo.
La intrincada filosofía nollegaba a su espíritu, en el cual sólo había la espina clavada
de mipequeña ofensa.
En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fuí a mi pequeñoanaquel, donde
tengo mis libros preferidos. Tomé uno de Keble, el dulcemístico y lírico inglés. Lo
abrí por una página señalada con una cintitaazul. Me acerqué, trémula, a mi marido;
puse mi dedito índice, todotembloroso, sobre unos versos y le dije: «¿Quiéres leer
esto?» Leyó:
«¡Ah, qué dulce es la sonrisa
Del hogar hermoso y tibio,
La recíproca mirada
Que denuncia regocijo,
Cuando al fin dos corazones
Se han fundido en uno mismo.
Y uno en otro confiados
Viven en su amor tranquilos.
¡Ah, qué santas alegrías!
¡Ah, qué goces no sentidos
Vuelan como blancas hadas
Por la cuna de los hijos!
¡Cada cuadro es un recuerdo,
Cada mueble es un amigo,
Cada lágrima es un beso,
Cada dicha es un suspiro!»
Mi marido abrió los brazos. ¡Qué alegría, Dios mío! Y es que no haycanciller como
un poeta lírico para «hacer las paces...»
CROTALOGIA
Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las croniquillas quevengo
publicando en esta página femenina. En estas cartas hay de todo:críticas,
asentimientos, discretas censuras, aplausos, observacionesoportunas y algunos
disparates. Sin ponerme colorada, agradezco loselogios que mis amables
comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribobien. Creo, además, que no escribe
 
 
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