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Crónicas de Marianela

de nuestro espíritu. La pintura es una ficciónteatral, histriónica, cosa, en fin, de la
farándula. Todas las artistasse pintan, a fin de dar la sensación de los distintos
personajesrepresentados. Pero una señorita distinguida no debe representar más queun
solo papel, el suyo, el natural, el que le asignó la Providencia alcrearla. Su carrera
natural es el matrimonio, y la vida íntima yfamiliar no debe convertirse en una
comiquería. Si yo fuera hombre no mecasaría con una señorita que cambia de color su
pelo. Tendría missospechas de que un día pudiera cambiar también su condición
espiritual,y aun su misma adhesión; que quien no es constante consigo misma, con
supropia naturaleza, con sus propios atributos físicos, puede extender acosas más
graves su frívola veleidad. En la propensión a lo teatral haysiempre algún peligro. En
la Edad Media se hacía un mundo aparte delmundo teatral. No todo era absurdo en los
tiempos medioevales, digan loque quieran los historiadores y sociólogos modernos.
La mayor hermosura es la sinceridad, en la cara y en el alma, en lafigura moral y en
el espejo que la refleja. Y vaya, para terminar, estehumilde consejo: el mejor afeite es
el agua fresca. Nos la echan paracristianarnos. Usémosla siempre cristianamente...
LAS PACES
Las paces, así, en plural, constituyen un problema no menos arduo que lapaz, en
singular.
La paz se refiere al retorno a la tranquilidad y al sosiego de dos o másnaciones en
lucha, o de varios partidos enzarzados en guerra civil yfratricida. Las paces aluden a la
avenencia y reanudación del amor en elmatrimonio después de la discordia.
Aunque a primera vista parezca lo contrario, es más fácil hacer la pazque «hacer las
paces». Ya oigo exclamar: ¡Qué paradoja! No hay talparadoja; espero demostrarlo. Lo
que ocurre es que la diferencia demagnitud entre ambos conflictos, el conyugal y el
internacional, hacecreer a los espíritus superficiales que este último tiene un
arregloinfinitamente más difícil que el primero. Esto es un error de juicio,que consiste
en atribuir a la extensión de la trifulca o peloterainternacional móviles más
irreductibles a concordia que aquellos quedeterminan las disidencias y ciscos
conyugales. Las guerras no son másduraderas porque sean más grandes. Hay guerras
chicas que no se acabannunca. Ninguna guerra internacional dura treinta años,
mientras existenmatrimonios que llegan como el perro y el gato a las bodas de
diamante.Basta este hecho para probar que es más fácil hacer la paz que «hacerlas
paces».
Y el fenómeno se explica fácilmente. Para hacer la paz hay reyes,diplomáticos,
cancilleres, ministros, políticos, gobernantes, etc.,todos los que han lanzado a los
pueblos a la pelea. Para «hacer laspaces» no hay acción intermediaria y pacificadora,
porque losguerreros—los cónyuges—empiezan por ocultar su propia guerra. En
 
 
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