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Crónicas de Marianela

Una dueña de casa, discreta, inteligente, debe evitar estos percances.Lo primero que
ha de hacer es darse cuenta de la situación personal delos concurrentes a la fiesta, de
la relación entre jóvenes y señoritas,de sus simpatías e inclinaciones, etc. Debe
presentar a los que sedesconozcan, intervenir como lazo de relación, procurar, en una
palabra,crear un ambiente de familiaridad para que el sarao resulte agradable,cordial y
lucido. Y ha de prestar, sobre todo una atención vigilante ysolícita a las que ya tienen
cierta reputación de «planchadoras», paraevitar que en su casa se vean en tan triste
soledad. Al efecto, la dueñade casa debe contar con un grupo de caballeros que sean
amigos deconfianza, a los cuales pueda pedir el servicio de que bailen a
las«planchadoras». Pero en esto mismo no hay que abusar; no se debe endosaral
mismo caballero una «planchadora» toda la noche. Por eso conviene queel círculo de
amigos sea extenso, para repartir equitativamente lacarga. El mayor éxito, en fin, de la
dueña de casa está en poner encirculación danzante a las «planchadoras», procurando
aliviar ladesventura de las proscriptas del baile.
La «planchadora» ignora siempre las causas de su triste condición. LaProvidencia la
libra de este aflictivo conocimiento. Y así, cuando porbondad algún caballero la saca a
bailar, se aferra a él, añadiendo a sucondición de «planchadora» la de pelma. Le
ocurre lo contrario que a lamuy solicitada, la cual evita bailar muy seguido con el
mismo caballero,actitud que podría inducir a la concurrencia en el error de suponer
unprincipio de compromiso. La «planchadora», por el contrario, prefiere
lamurmuración a la «plancha».
Alguna vez se «plancha» sin ser «planchadora»; un «planchado» fortuito,casual,
injustificado; porque, usando el lenguaje corriente, hay bailescon suerte y bailes con
desgracia. He aquí un fenómeno superior anuestra capacidad analítica. ¿Por qué en
unos bailes tenemos éxito y enotros no lo tenemos? Misterio. Quizá se deba a que la
belleza de lamujer tiene ascensos y descensos y momentos de plenitud. De todos
modos,voy a permitirme dar a las señoritas un consejo, fruto de miexperiencia. La
entrada en un baile tiene singular influencia para elresto de la noche. Es necesario,
como vulgarmente se dice, entrar conbuen pie. Al efecto, nunca se debe entrar sola en
el salón. Ello es demal agüero. Conviene tener un amigo de confianza que nos
acompañe alhacer nuestra aparición en la tertulia o sarao, conduciéndonos desde
el«toilette», donde hemos dejado nuestro abrigo. Esto es de un efectoseguro, pues
sirve para demostrar que estamos solicitadas desde elinstante de nuestra llegada. Con
este y otros pequeños y discretosrecursos nos iremos librando de la «plancha» en las
noches de malafortuna.
No creo haber agotado este tema trascendental de las «planchadoras»,cuya
psicología es complejísima. Sólo he querido divagar un momentosobre su evidente
importancia e insinuar algunas advertencias útiles alas dueñas de casa y a las mismas
señoritas que no tienen la suerte deatraer y sugestionar con el encanto de sus dones
físicos y el hechizo desus donaires espirituales.
 
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