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Crónicas de Marianela

denaturalidad. Son, además, peligrosos, porque siempre andan a caza decomplejidades
sentimentales. Hay el hombre que cifra todo su éxito en elapellido heredado y cree
que su nombre procérico basta para lograr lamás apetecible conquista. Con éste el
«no» tiene que ser histórico. Lamujer debe decirle, siempre de una manera muy fina,
que hubierapreferido a su antepasado. Los hombres que valen no son los que
heredanun apellido histórico, sino los que, llevando uno desconocido, logranmeterle
en la historia.
¿Para qué seguir presentando más casos? La variedad es tan grande que
noacabaríamos nunca. Baste decir que cada uno de ellos requiere unanegativa
especial, ajustada a las circunstancias y al tipo moral yespiritual del pretendiente. Y
con esto queda demostrado que el «no» esmucho más difícil que el «sí» de las niñas...
EL GANCHO
Son muchas las personas aficionadas a intervenir en el arreglo ycombinación de las
bodas. En lenguaje clásico se les llama casamenterasy han servido muchas veces de
tópico a la musa irónica de los escritoresfestivos. Este entrometimiento tiene también
un calificativo popular:«hacer el gancho» o «servir de gancho» para que una pareja
determinadaconcierte su unión. Por regla general es más frecuente la
tendenciacasamentera entre las señoras que entre los hombres. Este género
deintervenciones se aviene mejor con el espíritu de la mujer. El hombresiente siempre
cierto reparo, cierto rubor, en mezclarse en estasnegociaciones que requieren las
delicadezas y sutiles arbitrios de lasdamas. Al hombre le parecen, en fin, afeminadas
estas gestiones, y aúncuando él mismo las necesite alguna vez, preferirá recurrir al
auxiliode una dama antes que al apoyo de otro hombre.
Han existido y existen, sin embargo, hombres casamenteros que lograronpor ello la
cúspide de la gloria y de la proceridad. Hay «ganchos» quehan pasado a la historia. En
todas las bodas reales ha intervenido el«gancho» diplomático. Los cancilleres de las
cortes europeas hicieron,en el transcurso de los siglos, «ganchos» memorables.
Metternich yTalleyrand, por ejemplo, debieron sus mejores éxitos políticos a
estegénero de tramitaciones, manteniendo el equilibrio continental, en unoscasos, y
concertando la paz, en otros, por medio de su «gancho» paraunir princesas y reyes.
Las muchedumbres dejaron de matarse y colgaronlas armas gracias a la feliz gestión
casamentera de un canciller, queresolvió una vasta y pavorosa tragedia tramando una
boda oportuna queacabó con el rencor de dos monarquías y de sus leales súbditos.
Estos«ganchos» trascendentales merecieron la admiración y el aplauso de lospueblos,
que siguen venerando la memoria de aquellos insignesdiplomáticos.
El «gancho», tiene, pues, glorioso abolengo histórico, y no debedesdeñarse mi
entrometimiento que ocupa tantas y tan sublimes páginas enlos anales de la
humanidad.
 
 
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