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Crónicas de Marianela

se resigna a pasar inadvertida. De ahí quetrate más de ser ella interesante que de ver
quién podría serinteresante para ella. He ahí un egoísmo que, profundamente
analizado,resulta una generosidad. Pero este punto exigiría, para ser bienexplicado, un
tomo de psicología femenina.
Una mujer sólo a los 25 años se halla en aptitud mental y espiritualpara elegir o
aceptar esposo—porque no siempre se puede elegir. Sólodespués de diez años de
frecuentar salones y alternar en el mundo seadquiere cierta experiencia para resolver
el gran problema con algunaprobabilidad de acierto. Antes de esa edad corremos el
riesgo dedejarnos llevar de impresiones fugaces y transitorias. A los 25 añosnuestro
espíritu ha logrado ya cierto grado de serenidad y nuestrossentidos una dulce calma
que no conturba nuestros juicios. Antes, todoes emoción indisciplinada, torbellino de
sensaciones, exaltación sinfundamento, inconsciencia, capricho, delirio. El
discernimiento sólo sealcanza con los años. Y aun es problemático, pues según un
ironistafrancés «la mujer sólo se equivoca cuando reflexiona». La frase, aguda
yligera, no convencerá a ninguna de mis lectoras. Podríamos devolverla alironista
diciendo: «los hombres sólo aciertan cuando se enloquecen».
Así, pues, amigas mías, antes de casarse conviene haber bailado mucho,haber
conversado mucho y haber «flirteado» algo—no mucho,—haciendotodo esto con
espíritu observador e informativo, con intención fiscal, afin de descubrir en los sujetos
aquellas cualidades, dones y tendenciasque más se aproximen a nuestro ideal. Al
matrimonio se debe llegar conel sujeto ya bien conocido; no con una máscara.
Asimismo, nunca escompleto este conocimiento, ya que el matrimonio no es, en el
fondo,sino un lento y contínuo desenmascaramiento que sólo se hace total conel
último abrazo en la hora de la muerte.
Conviene también llegar al matrimonio con una ligera fatiga del mundo yde sus
pompas y vanidades. Así encontraremos el hogar propio másagradable que los salones
y las tertulias. Fidias, que además de unescultor excelso, era un espíritu filosófico,
hizo una vez la estatua deVenus sobre una tortuga, queriendo indicar a las mujeres de
su puebloque debían ser lentas para salir de casa. No proclamo con esto elcenobio, el
enclaustramiento; pero sí cierto recogimiento que sólo seacepta con gusto cuando
conocemos bien la sociedad y todo el tejido demenudas pasiones que en ella bullen y
se agitan.
Yo me casé a los 25 años. Antes de conocer a mi marido, aficionado, comosabéis, a
la historia natural y, particularmente, a la especialidad delas aves noctívagas
pamperas, experimenté muchas impresiones en nuestrogran mundo. Varias veces sentí
un principio de amor, un interésrepentino, una relampagueante emoción; pero luego
aplicaba serenamentemi juicio a los fundamentos de toda pasión incipiente, hasta que
lograbadisiparla. Es axiomático que las mujeres desconfían de los hombres engeneral
y confían en ellos en particular. Esto es un poco inexplicable,pero es así. Yo procuré
 
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